Esquina de Silencio




Parado detrás de una pared estaba a la caza de su siguiente víctima. El remordimiento ya se había desvanecido hace mucho, solo quedaba los restos de emociones enterradas debajo de una capa de fría y dura piel.

La luna brillaba en lo alto del cielo con algunas nubes algodonosas bordeándola, seduciéndola para dejar la tierra oscura.

Ser un Varacolaci no era lo mejor que podría existir en el mundo. Convertirse en un ser desalmado era el único precio a pagar por largos días y noches de frío interno, lo que los humanos llamaban inmortalidad, para él solo era otro pedazo de maldición.

A pesar de tener el fin de su maldición en sus propias manos, su sentido de protección lo obligaba a ocultarse de la luz del día, pero se había prometido a sí mismo hacerlo algún día, ser un asesino debía tener su condena.

La calle estaba desierta, los pocos murmullos de los juerguistas del bar lo rodeaban como un manto de putrefacción. De pronto la puerta se abrió y unas voces femeninas llenaron la calle.

"Todavía no te vayas, es temprano" una mujer de voz ronca habló. Aún teniendo resquicios de humanidad, se asomó escondiéndose entre las sombras observando dos mujeres paradas frente al bar, una de cabellos negros como el cielo sin luna y la otra siendo todo lo contrario con el cabello tan rubio como el sol.

"Mañana debo trabajar" respondió la mujer de cabellos negros.

"Tú te lo pierdes, adentro tenemos dos bombones queriendo salir con nosotras" como si sintiese su presencia la joven morena observó en la dirección del vampiro oculto en las sombras.

"Debo irme" despidiéndose con un beso en la mejilla le dio la espalda a la rubia y empezó a caminar.

No dio más de diez pasos cuando una mano le cubrió la boca y la arrastró al interior de otro callejón. Con la ira bullendo sus venas azuladas, el vampiro corrió con la velocidad de una bala. Él ya había marcado a la morena como su cena y no permitiría que un cazador humano le arruinara la noche.


Observó como el hombre empezó a manosear a la morena con una mano mientras la otra cubría su boca.

"Será mejor que la sueltes" habló con la voz sonando más como un gruñido gutural mientras cerraba las manos en puños.

"Este no es tu asunto" gritó el hombre de apariencia callejera, incluso su sangre olía a heroína.

"Es mía" susurró acerándose a él y lo sujetó por el cuello "con mis presas nadie se mete".

Con el suave movimiento de sus dedos le rompió el cuello dejándolo caer como un costal de piedras. 

Centrándose nuevamente en la joven le sujetó la muñeca mientras ella lloraba rogando piedad.

"Haremos esto fácil" le susurró acariciándole la mejilla con el dorso de la mano. "Mírame" le susurró al oído.

En el instante que sus ojos se toparon, el hechizo hipnótico la calmó y controló. "Es una pena que hayas salido de ese bar". Ella le miraba como si cada una de sus palabras fuesen un hilo de vida. "Dime tu nombre".
"Lorie Anne" la mujer le contestó sonriendo aparentando una presentación normal entre humanos.

"Gracias por tu vida Lorie Anne" Le besó los labios fugazmente antes de adentrarse en sus pensamientos y ordenarle que dejara su cuello al descubierto. Sin remordimiento alguno clavó los colmillos en su cuello drenando cada gota de sangre. Al igual que sus otras presas se desvaneció convirtiéndose en simple polvo entre sus manos.

Permitiendo que los restos de Lorie Anne se los llevara el viento continuó su camino infinito hasta que se decidiera a su fecha de muerte.
  

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