Las lágrimas de Blancanieves




Allí estaba Ella, agonizando entre la maleza del bosque por decisión propia.

No se trataba de una maldición o de un hechizo, se trataba de una flecha invadiendo su pecho.

Aún era una niña pero su corazón ya latía por un hombre. El hombre de los ojos verdes como las esmeraldas al reflejarse al sol del verano. Él era solo un cazador y ella una princesa, amor imposible se pudo haber llamado si él sintiera lo mismo por ella. Pero no, él era un hombre diez años mayor y no era de la realeza.

Ella lo había visto por primera vez la primavera pasada.

James llevaba su arco y flechas detrás de su musculosa espalda en una pequeña bolsa de cuero curtido y usaba unos pantalones caqui y una camisa blanca. No estaba limpio, algunas manchas arruinaban su varonil rostro de mandíbula cuadrada con una fina barba asomando.

Él le sonrió y su corazón aleteó como el aletear de un colibrí; pero fue fugaz, los guardias del palacio lo interceptaron antes de que se le acercara un paso.

"No podéis avanzar, la princesa se encuentra en este claro" dijo un guardia hincándole el pecho con la filosa espada.

"Nunca lastimaría a vuestra futura reina" James le respondió queriendo avanzar sin importar el arma.

"Son ordenes del rey. Alejad, ve a buscar tus animales en otro lugar, campesino"

"Decidle al rey que es injusto esconder a la princesa. Ella escapará si se lo propone"

"Retirad" habló en guardia que se había mantenido en alejado de la disputa mientras conversaba con la chaperona.

"Hasta pronto, princesa" James hizo una reverencia, haciendo que unos rizos castaños cayeran sobre su frente.

Desde ese día, Ella se escabulló a la misma hora en busca del arquero, quedándose en el claro todas las mañanas a la espera que él llegara, pero nunca lo hacía.

De pronto un día como cualquier otro a la espera de él, se arrodilló y comenzó a recoger flores de todo tipo hasta que una flecha silbó en el aire y pasó al lado de su mano tocándola con las plumas de la cola.

Se giró un poco asustada. Lo vio, era él sonriéndole con un brillo iluminándole sus orbes esmeraldas; su príncipe azul, el que la llevaría lejos en su corcel. Pero había intentado lastimarle fallando por milésimas.

Miró la flecha clavada en el suelo atravesando una serpiente venenosa. La felicidad le llenó el pecho, él le amaba como ella lo hacía, no era un amor de solo una dirección.

James se acercó hasta ella tomándole ambas manos en las suyas, sus ojos absorbieron los suyos hasta que otras flechas cortaron el aire atravesando a su príncipe y a ella tirándola al suelo.

Los guardias habían fallado en su protección, hiriéndola de muerte.

Su vestido rojo goteaba manchando el césped, inundando todo con su esencia y la de su amor.

Los guardias salieron corriendo despavoridos como aves ante un ruido, pero eso no repararía nada, su corazón estaba feliz porque quizá en algún lugar paralelo James y ella estarían conociéndose, huyendo en el corcel.

Tal vez en el lugar donde van los muertos, podrían conocerse en verdad.

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