Paso a la Libertad

Silenciosa noche, la luna me saludó al acercarme al balcón, llegar allí fue una tortura, cada paso que daba era doloroso.
Me había dado por vencida; este no era mi mundo. Tal vez nunca lo fue.

Había nacido en la época de reyes y reinas. Yo era una princesa, la primogénita y preferida del rey.
Todo era perfecto. Hasta que una peste llegó al pueblo.

Tumbada en cama, rodeada de oscuridad y soledad, me aovillé a la espera de la señora huesuda, ella había jurado llegar por todos, y se los llevaba uno a uno.

Primero cayó la reina, hirviendo como carne al fuego, sus manos se aferraron a las mías en su lecho.

"Cuida de vuestro padre" susurró aferrándose a la cobija que la cubría.
"Madre, vais a recuperarte" lloré besando su mano.
"Ella ha venido por mí, puedo verle estirando la mano" dijo delirante por la fiebre.
"No me dejéis sola" me miró con sus ojos anegados de lágrimas, ocultando el hermoso color gris.
"Sé feliz mi niña. Quizá te quedes sola, pero siempre te miraremos desde el lugar donde estemos" ella cerró los ojos y su mano soltó la mía.

El rey fue el siguiente en caer, pero no se trató de la peste, sino la muerte de la reina; él no pudo soportar vivir sin ella. Y como mi madre había dicho, la soledad me abrazó a punto de darme el beso de la muerte.

El sol brillaba todos los días en lo alto del cielo, a pesar de que el pueblo estaba muriendo.
En el castillo solo había oscuridad, cada pasillo estaba colmado de silencio y la interminable línea de negrura; no pasó mucho tiempo antes de que llegara por mí.

Iba a morir, estaba escrito con sangre sobre las piedras.

No había nadie quien cuidara de mí, la servidumbre había muerto ya, el olor putrefacto llegaba hasta lo alto. Me encontraba tan débil y enferma como para levantarme del lecho.
Habían dos luchas y la huesuda no tomaba una decisión: La peste terminaba conmigo primero o lo hacía el hambre.

A la séptima luna desde que había caído enferma, perdí las esperanzas por completo.

Un ruido se aproximaba, quizá eran saqueadores o gente tratando de adueñarse del castillo. Estuve feliz, no porque ellos me ayudarían a salvarme, sino porque me matarían.
La puerta se abrió con un rechinido y un hombre bien vestido se adentró con un movimiento ágil, casi como el de un fantasma.

"Milady" susurró con una voz angelical, arrodillándose a mi lado.
"Alejad o la peste se pegará a usted, milord" su mano nívea acarició la piel seca de mi mejilla.
"Puedo curarle" me dijo al oído, haciendo que su aliento frío me rozara la piel sobre calentada "Permitid que le sane"
"No puedo pagarle"
"El precio es muy grande, pero no necesitará dinero para pagarlo"
"No entiendo" susurré perdiendo el conocimiento por un momento.
"Podrá vivir eternamente"
"No" negué con mi último aliento.

El recuerdo de la transformación se desvaneció de mi mente, luego de volverme inmortal.
Él, mi creador me dio la oportunidad de irme lejos, de vivir en un mundo diferente, pero no lo hice; me quedé con él, aprendiendo a vivir desde la perspectiva de un vampiro, de controlar cada uno de mis impulsos por matar sin razón.

No supe en qué momento caí rendida a los pies de mi creador, pero lo hice. Sentí el amor que mi madre había sentido por mi padre y me entregué a él en cuerpo y alma.

Todo era perfecto, vimos como el tiempo transcurría y la humanidad sobrevivía a tantos desastres y guerras. Él era mío y yo era suya, el resto no importaba.

La tecnología avanzó tanto que los mitos de vampiros comenzaron a ser creídos y los humanos empezaron a cazarnos como si se tratasen de conejos.

Mi amor, mi creador cayó ante un disparo, la bala de plata perforó su corazón matándolo de inmediato.
Él permitió que le mataran, qué injusticia tan grande. Se sacrificó por mí, para que viviera. Pero, ¿Cómo podría vivir sin él? ¿Qué sentido tendría la vida?

Aquí estaba, parada en el balcón, en lo alto de lo que un día fue mi castillo, mi hogar, ahora solo era un cascarón vacío y sin sentido.

Subí al barandal y grité con todas mis fuerzas abriendo los brazos, sintiendo el aire de las montañas acariciándome el rostro y jugando con mis cabellos. Era como volar. Las dos partes de mi vida se unían en aquel momento, los recuerdos agitaban mi corazón muerto dándome más razones para terminar conmigo, buscar la salida fácil.

Miré la gran luna y vi su rostro allí. Mi amado vampiro se reflejaba en ella. Volví a gritar y di un último paso para mi libertad. Para limpiarme de esta fatigada carne.

Mi cuerpo caía en forma horizontal y los hombres que habían quedado abajo con sus armas tecnológicas se asustaron por un momento, antes de comenzar el fuego.

Muchas balas fueron esquivadas, pero solo una pudo cumplir su cometido.

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