Ya no es una Princesa

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"Marie" susurró mirándose en un charco de agua; la imagen estaba distorsionada, reflejando su alma rota.

Ella llevaba mucho tiempo peleando, ya no se sentía como una princesa, ahora se sentía como un peón en medio de la guerra.

El rey y la reina habían decidido repartirse el reino, dejando a un pequeño pueblo entre ambos. Ninguno de los dos quería que el otro lo obtuviese, desatando la guerra que ya llevaba mucho tiempo.

La princesa, poniendo primero a la gente del pueblo, repartió escudos y armaduras, quedándose sin ninguna de las dos protecciones para sí misma.

El sol se levantó una vez más en lo alto del cielo, advirtiendo que los caballeros de ambos reinos llegarían, encerrando al pueblo en medio de la lluvia de flechas.

Con el torso vendado por las heridas recientes, Marie se paró en la línea de fuego tratando de apaciguar el odio entre los reyes.

Al igual que los días anteriores, ninguna palabra surgió efecto en los corazones de la realeza. Marie se paró frente al pequeño pueblo, representándolos.

Las flechas comenzaron a caer de todas direcciones, rozándola, destrozando su vestido.

Ayudando a los más jóvenes a protegerse, se descuidó por un instante y la primera flecha le atravesó el brazo. Ahogando un grito de dolor, partió la vara en dos, dejando la punta dentro de sus carnes malogradas por las heridas anteriores.

Miró su brazo, y la sangre comenzaba a manar; aunque fuese extraño, verla le dio fuerzas para continuar, para proteger a su gente, porque ella era fuerte, cada herida y cicatriz demostraba lo mucho que le importaban las personas.

Trató de esquivar muchas flechas, pero su cuerpo fatigado y lastimado, ya no era tan rápido, quedándose sin fuerzas; poco a poco su sangre había empezado a correr por su vestido, derramándose en la arena, creando un charco a su alrededor.

El tiempo era absurdo porque no le encontraba sentido, quizá eran horas o minutos pero el atardecer llegaba con rapidez, dejando su cuerpo lleno de flechas; sin embargo, ninguna la había herido de muerte. Aún.

Tal vez en algún momento de la batalla, ambos reyes le vieron tan herida que ordenaron a sus hombres detener el fuego y retirarse.

Con la ayuda de las personas que protegía, logró llegar a su pequeña cabaña, donde su otra mitad, su hermana pequeña ya la esperaba con hilo, aguja y una navaja para retirarle los cuerpos extraños.

"Deja de luchar" pidió Katherine por enésima vez.

"Si me detengo, nadie los protegerá de matarse entre ellos" respondió apretando las manos en puños mientras su hermana comenzaba a hurgarle entre las carnes tratando de extraer las flechas.

"En algún momento se detendrán" dijo la niña de ojos castaños con voz temblorosa.

"Quizá lo harán, pero mientras sucede, ¿quién protegerá a la gente inocente?"

"No puedes sufrir esto por ellos, estás dando demasiado por ellos"

"Una princesa sin su pueblo no es nadie, no hay a quien proteger o guiar" Marie susurró tratando de creer sus propias palabras.

"Pero ya no eres una princesa. Una princesa dejaría que el pueblo luche por ella".

"¿Qué sentido tendría la vida si lo pierdo todo? Mi corazón está dividido entre el rey y la reina. Son ellos los que están matándome con cada palabra, con cada flecha invadiendo mi cuerpo".

"Tengo miedo de que algún día traerán tu cuerpo sin vida".

"Tal vez ya estoy muerta" suspiró "cada herida representa mi alma desvaneciéndose, y pronto no existirá lugar sin marcas".

***

Al siguiente día, la princesa tomó su lugar en el lugar de fuego y una flecha de cada bando atravesó el único lugar sin cicatriz.

Cayó de rodillas, muriendo con rapidez, sin dolor, simplemente su alma se desvaneció, dejando su cuerpo como una cascara vacía.

La noticia de la desgracia llegó a oídos de la princesa Katherine, quien salió de su escondite y reunió a los reyes en medio de la arena donde un charco de sangriento rodeaba el cuerpo inerte de Marie.

La mujer de cabellos de oro se arrodilló frente al cuerpo de su hija y lo acunó en su regazo. El hombre de cabellos castaños, lloró por primera vez.

El odio entre ambos se esfumó como la niebla.

Pero era muy tarde, la princesa no podía retornar del mundo de los muertos, sin embargo, su esfuerzo había valido la pena.

Ambas partes de su corazón se habían unido en paz. Marie había logrado su objetivo, había protegido a su pueblo, y mucho más a Katherine, que aunque viviera entre ambos reinos, ella sería feliz.

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