Ella de Rojo y el Cazador con el Hacha

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Ella, un nombre muy peculiar para el pequeño pueblo entre las montañas.

La gente de las ciudades pensaba que el pueblo era un paraíso lleno de belleza natural por los grandes lagos, mucha flora y fauna; pero lo que no sabían era lo que se ocultaba entre los bosques.

Era un humano pero parecía más una bestia.

Invierno, la lluvia caía torrencial desbordando los lagos y ríos, convirtiendo todo en una gran piscina.

Ella había regresado a casa luego de meses fuera, tratando de ser alguien mejor; de graduarse en la escuela y tener un mejor futuro que cosechar los frutos de la tierra.

Usando solo un vestido de tela fina, Ella se metió al agua para poder cruzar y llegar a la casa de su madre. Con el agua al cuello, cruzó con dificultad, perdiendo el suelo en algunos tramos.

Poco a poco el agua empezó a bajar, mostrando el vestido pegado a su silueta; mostrando su piel y ropa interior. Avergonzada sacó la vieja capa que su madre había hecho para ella y la vistió ocultando su figura.

Caminó un par de kilómetros más hasta que escuchó el succionar del barro a un lado entre la maleza y los grandes abetos.

—¿Quién anda ahí? —preguntó aferrándose más la capa que cubría su cuerpo prácticamente expuesto.
No hubo respuestas, simplemente la oscuridad del bosquecillo rezumó sonidos de la naturaleza.

Con el corazón tamborileándole como una canción de rock, apresuró el paso por el resbaladizo camino hasta que el sonido de succión reverberó nuevamente y el corazón se le saltó un latido.

El cuerpo helado por el chapuzón en el río crecido, se le congeló más. Un poco renitente volteó y se encontró con la imagen de un hombre con un overol viejo y sucio que acarreaba consigo una hacha vieja, con la hoja dentada.

Como cualquier humano temiendo por su vida, Ella se lanzó a correr por el camino fangoso que hacía a sus botas serpentear y perder el equilibrio repetidas veces pero sin caer realmente.

Escuchaba al hombre detrás siguéndole el paso con mayor equilibrio. Volteó asustadiza y el hombre la perseguía mostrando su propia sangre en la hoja que había cortado la piel de su brazo.

Al cometer el estúpido error de mirar atrás, un agujero en el suelo desnivelado se le atravesó haciéndole caer de bruces, rasgando la capa y parte del vestido.

—Por favor, por favor —suplicó, pero la mirada del hombre era completamente ida.

Allí, arrinconada sin poder ponerse de pie, observó como el hombre levantaba el hacha del mango para darle un golpe de muerte. Haciendo su último acto, cerró los ojos y esperó el golpe; sin embargo escuchó un gruñido y el grito masculino.

El sonido del desgarrar de la carne y gritos llenaban el ambiente, que de la nada había dejado de ser aves y cigarras para convertirse en esos sonidos perturbadores.

De pronto todo se convirtió en silencio.

Temerosa, abrió los ojos y vio al hombre que le perseguía con el rostro destrozado al igual que todos sus miembros, con las carnes desprendidas de los huesos, con un lobo blanco como la misma nieve de ojos azul glacial posado al lado mirándole fijamente.

Pensó que le atacaría, pero el animal simplemente dio media vuelta y se adentró entre la maleza. Segundos después seguidos por un destello brillante de luz, apareció un hombre moreno de piel dorada como la miel y esos ojos azul glacial.

—No temas —le dijo levantándola por los brazos— viste esto —él se quitó la camisa que usaba y se la puso encima haciendo que le cubriera por completo.

La ironía de la vida. Ella amaba aquel cuento de los hermanos Grimm sobre la niña de la caperuza roja y la muerte del lobo por el heroico cazador. Pero ahora había sido salvada por un lobo que mató al leñador malo y luego se convirtió en hombre.

Con la cabeza dándole vueltas, perdió la consciencia y él hombre lobo la tomó en sus brazos.

Ella despertó sana y salva en su cama con la camisa del hombre abrazándola.

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