El Último Trabajo


Era una mañana soleada, una mañana más como cualquier otra, o al menos eso parecía ser. Abrí los ojos antes de que el pequeño reloj alarma sobre el buró al lado de mi cama sonara con aquel típico repiqueteo.

Una pesadilla como las que me acarreaban cada noche pasó a través de mis párpado a lo largo de ésta; mi último trabajo, o al menos eso creía, sin embargo nada estaba seguro; si los JEFES exigían más, debía darlo, de ello estaba si el vivir o morir.

Me senté al borde de la cama sujetándome con una mano al armazón de hierro forjado en formas de enredaderas. Estaba cansada, mis músculos estaban agarrotados y la mandíbula me dolía, si seguía teniendo esas pesadillas terminaría destruyéndome todas las piezas dentales.

La vida de un asesino a sueldo era mayormente una rutina, pero eso no decía que dejaba de estar al pendiente de cada movimiento en los alrededores, de la forma en que matábamos, podríamos terminar de la misma forma.

Tomé una larga respiración disfrutando del aire frío llenando mis pulmones, tocando mi piel, despertándome completamente en un tiritar. Estaba a punto de levantarme, de salir de aquel escondrijo que era la casa rentada cuando el teléfono celular comenzó a vibrar, alterando mi pequeña paz mental, metiéndome en los zapatos de una asesina.

Al presionar aquel botón verde que tanto conocía, me llevé el teléfono a la oreja.

"El paquete está en el buzón" la voz sin rostro que hacía mi cuerpo erizarse habló con rapidez "sé rápida y que sea un trabajo limpio, sin pistas..." él enmudeció unos segundos y el aire que no sabía que estaba conteniendo salió por mi boca en su suave jadeo "sin testigos, Trece" al escuchar mi nombre clave me estremecí. Mi último trabajo susurraba mi consciencia, mi último trabajo.

"Mis trabajos son limpios, no necesito que me recuerdes que no debe haber testigos" al otro lado de la línea, aquella voz rió.

"Te estás ablandando, Trece. Por eso el recordatorio, la última vez May tuvo que terminar lo que empezaste".

"Un error lo comete cualquiera" nuevamente la voz rió, pero esta vez con mayor fuerza.

"Eso fue un error que ni un principiante haría" el hombre suspiró "la información del blanco está en el buzón, ve por él".

"Mi último trabajo" le recordé al hombre apretando la mano alrededor del aparato electrónico.

"Claro" la voz volvió a resonar en una carcajada alterándome los nervios."Adiós, Trece, fue un gusto haber trabajado contigo" La despedida me sonó más a un sentencia, un despido, pero no solo de mi trabajo del que no me sentía orgullosa, sino sonaba como el despido de mi existencia.

No hubo ningún otro sonido, solo el de mi respiración llegando a ser un lloriqueo, estaba asustada, entrar a ese negocio no había sido una buena elección, pero no tuve de donde más sujetarme, necesitaba los dólares, la vida de una persona dependía de la muerte de otra.

Tomando valor, me vestí con la bata del pijamas y me dirigí fuera, en busca de lo último, quizá del trabajo o quizá de mi vida.

Allí estaba, el paquete de color mostaza descansaba al lado del buzón; siendo paranoica miré a los alrededores vacíos y salí para tomar el paquete antes de entrar apresuradamente, pero sin dejar de tratar de mostrar tranquilidad.

Cerré la puerta y dejé el paquete en la mesita de las llaves al lado de esta. Sintiendo que robaría la vida de alguien más por última vez, abrí el paquete rasgando el papel, encontrando una foto, la foto de la persona que menos esperaba encontrar apareció allí.

Mi amor, el hombre del que estaba enamorada, por el que había iniciado en esto, era el blanco para mi salida. Levanté la hoja doblada a la mitad y por primera vez, con letra de puño rezaban unas palabras que no eran justas:

Buscaste tu salida, Amanda, debes pagar un precio por ello. Elige, su vida o la tuya .

Parecía que me caería a pedazos, así lo sentía, mis músculos se sentían como piedras resquebrájandose por el terremoto que estaba arrastrándose en mis venas. 

Andy había sido mi novio de secundaria, por el que había dejado de ser la niña de papá y me había convertido en rebelde de ropas negras y de andar en motocicletas, especialmente en su motocicleta, abrazando al chico malo. 

Pero cuando él había enfermado a los dieciocho años; había sido devastador para todos, mayormente para su familia que no tenía los millones para pagar la cirugía cerebral al que él debía someterse para extirpar el tumor que amenazaba con matarlo. 

Con la ira y el miedo carcomiéndome la mente, fui a la pista de tiro cuando me enteré de la noticia, me sentía tan impotente, con las manos cruzadas viendo al hombre que amaría por toda mi vida postrado en una cama siendo optimista para el mundo, pero lo conocía tan bien que sabía que solo era una mascara. Él temía al igual que yo lo hacía. 

Con la 9mm en mis manos, presionando el gatillo repetidas veces en el arma semi automática que el local me había facilitado, comencé a destrozar cada muñeco de papel, pegándoles el tiro en los lugares vitales, tratando de desahogar mi pena. Estaba tan concentrada en aniquilar los inútiles pedazos de cartón que erré en un tiro cuando un hombre canoso se me acercó, sus ojos leopardinos me asustaron, la forma en que me analizaba hizo que me aterrara más, pero su noticia me enfermó hasta que escuché la paga.

Desde aquel día mi nombre había sido marcado con una gran X, me había iniciado por amor, pero las consecuencias de esa decisión me destrozarían. 

Luego de la operación dejé a Andy, él debía ser feliz con su nueva vida, me alejé de mi familia para evitar que corriese peligro; sin embargo ahora estaban cobrándome con intereses.

Tomé el celular del cual llamaba a mi familia y escribí un mensaje de texto, quizá sonaba como una despedida, pero debía hacerlo.

Me metí al baño y me quedé de pie debajo del chorro de agua dejando que este limpiara las lágrimas que abandonaban mis ojos. 

Cerré la mano en puño y me decidí a hacerlo, no permitiría que luego de tanto esfuerzo terminara así el capítulo de mi vida.

Me vestí con pantalones ajustado, zapatos cómodos y una blusa fina de tiras negras al igual que el resto de mis ropas. Como último toque los guantes de cuero cubrieron mis manos antes de comenzar a preparar mi herramienta de trabajo.

Empecé a armar mi ASP, esta vez no usaría el silenciador, quería que todos supieran que lo había matado. 

Miré a mi alrededor por última vez y salí con dirección al restaurante familiar que Andy había iniciado con su ahora esposa embarazada. 

A medida que conducía recordé la noticia de su casamiento siete años atrás. Yo estaba telefoneando a casa como todos los lunes al mediodía cuando mi madre le comentó a mi padre al teléfono sobre la invitación; no pude continuar con la llamada, simplemente colgué y me dejé resbalar por la pared aferrando el móvil al pecho; pero de eso ya era pasado. No lo había superado, lo seguía amando como el mismo día en que entré en esto, sin embargo no tenía otra opción, era su vida o la mía.

Baje del coche y miré el gran cartel del nombre del restaurante susurrando Amy, el nombre que habíamos pensado ponerle a nuestra primera hija en un de las tantas conversaciones del futuro. Tomando fuerzas de donde no las tenía, abrí la puerta y la campanilla llenó el lugar indicando mi arribo.

Él me miró sorprendido, pero debía darle crédito, la última vez que nos habíamos visto fue cuando terminé con lo que teníamos.

"Amanda" él dijo abriendo tanto los ojos que la parte blanca se veía mucho más. "Andy" incliné la cabeza en saludo. Andy sonrió y dio un paso hacia mí, tratando de destruir mi convicción de hacerlo, "no continúes caminando" advertí sacando el arma de mi pequeña maleta.           

Su mirada café ya no fue sorpresa, ahora era puro temor y repulsión, algo bueno para mí, al menos no moriría engañado.

"Siéntate" ordené con voz temblorosa. "Amanda" él suplicó, pero era necesario hacer lo que ellos me pedían. "Silencio" grité señalando el asiento "quédate allí" le pedí cuando él se hubo sentado, "agacha la cabeza tocando la mesa con la frente".

Él lo hizo entre suplicas, pero no podía retroceder, no ahora luego de que estaba tan lejos. Caminé alrededor de él quedando a sus espaldas. Rastrillé el arma y presioné el gatillo apuntando en el centro e inmediatamente el liquido rojo comenzó a emanar empapando la camisa blanca que él usaba.

Con lágrimas en los ojos volví a guardar el arma en mi bolso y caminé a la salida. Me detuve y miré a mi alrededor consciente de la gente comenzando a acercarse por el sonido del proyectil.

De pronto allí estaba el dolor atravesando mis entrañas y la sangre emanando de mi abdomen. Ellos me matarían igualmente; al menos había salvado a Andy por segunda vez, el chaleco antibalas que le había dado Dedrick, mi mejor amigo había servido, y la bolsita de sangre falsa había reventado al impacto de la bala.

Un segundo disparo del francotirador que me había seguido desde casa me destrozó el hombro a medida que caía al suelo, y de repente apareció frente a mis ojos el hombre de la voz.

Sus ojos leopardinos me taladraron al igual que la primera vez que lo había visto, él chasqueó la lengua y negó apuntándome la frente con la 9mm que había usado en el campo de tiro.

"Hubieras sido una excelente asesina si no hubieses tenido alma".

Lo vi tirar del gatillo y el sonido me abrumó hasta que el proyectil tocó mi cerebro.  

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