Ruleta


El mundo ha cambiado, ya no es lo mismo que era en el año 2.000, cuando todo inició.


La necesidad de "mejorar el mundo" les había llevado a la ruina. Stephen Miller, el científico genetista ruso comenzó a estudiar los genes del lobo gris para mejorar y acelerar su reproducción, todos temían que desaparecerían de un momento a otro, solo quedaban menos de un centenar y con la extinción de ellos, el mundo sufriría un desbalance catastrófico.

La primera camada de cachorros fue un éxito en el 2.014, sobreviviendo las dos semanas más difíciles; la respuesta a su supervivencia era dejarlos con la madre, no separarlos; pero con el crecer de los cachorros fue notable que jugar con su ADN había provocado una mutación que arrasó con la vida del lobo alfa y la loba, madre de los cachorros que con tres meses habían superado los 0.81 mts, llegando a medir el triple, asesinando a la manada completa del laboratorio.

Fue imposible contenerlos, sus grandes garras rasgaron los vidrios convirtiéndolos en añicos, las mallas de contención se vinieron abajo por el peso de los grandes animales de largos y filosos dientes con unos ojos grandes de iris amarillento como el de los leones.

Poco a poco destruyeron el país, comenzaron con San Petersburgo, donde había sido criada la mitad de la camada, quedando seis cachorros esparcidos por el mundo que con el pasar de los meses comenzaron su reproducción e infestaron desde las ciudades más grandes hasta los pueblos pequeños.

Muchos murieron, los hogares se convirtieron en ruinas hasta el punto de que la naturaleza comenzó a invadirles; pero los que lograron sobrevivir comenzaron a destruir a los grandes lobos hasta llevarlos a estar a punto de la extinción.


Ahora, en el 2.158, el Canis Lupus Baileyi había desaparecido, pero su evolución sobrevivía al estar protegidos por las leyes, ahora las personas vivían entre alambrados electrificados, pero era para el bien del ecosistema que había cambiado drásticamente. Los animales también habían evolucionado con el objetivo de destruir a su única amenaza. EL HOMBRE.


Amelia salió de su casa en la ciudad de Ámsterdam hacia un pequeño pueblo a varias millas de distancia; montando su bicicleta burló a los guardias de seguridad y comenzó a pedalear con fuerza limpiándose las gotas de agua que le caían sobre el rostro; la lluvia era fuerte haciendo tan fangoso el camino que no pudo continuar con la bicicleta, por lo que se vio obligada a caminar acarreando consigo la maleta de medicinas y el cesto de comida para la abuela; esperaba que el impermeable rojo lograra aguantarle hasta llegar, sería un terrible problema enfermarse.


Cerró los ojos y respiró profundo deseando no encontrarse con ninguna amenaza.

Iba a mitad del camino cuando apareció. Un gran lobo de ojos amarillos y hocico alargado le mostró los dientes gruñendo, dejándole oler su aliento pútrido.

El cuerpo le temblaba, iba a morir, había visto en los programas de televisión cómo cazaban, estaba segura de que el lobo frente a ella no estaría solo, que habían muchos más rodeándole entre la maleza.

—Recuerda protegerte, Amelia —le había dicho su madre antes de que saliera de casa.

Muchos gruñidos llenaron el bosque y ella tiritó de miedo.

Estuvo a punto de echarse a chillar y correr, pero les daría mayor ventaja, ellos eran gigantes, la alcanzarían en dos zancadas, por lo que usó las pocas neuronas que le funcionaban y recordó el arma de fuego que guardaba en la canasta al lado de los sándwiches de pavo en pan integral, quizá tendría las suficientes municiones como para matar a todos y continuar con su camino.

Con los ojos penetrantes del gran lobo, metió la mano lentamente en la canasta y tanteó hasta sentir el frío metal; actuando con la adrenalina recorriéndole las venas, sacó la pistola con rapidez y disparó posando el cañón del arma en el cráneo del animal cuando este se disponían en arrancarle la mano.

Aullidos llenaron el bosque luego de gruñidos y pisadas fuertes. Eran diez en total, su pistola tenía doce tiros, al menos sobreviviría.

Comenzaron a avanzar lentamente, enseñándole los colmillos, gruñendo en el acto.

Sin dejarse gobernar por el pánico, accionó el arma con rapidez a medida que giraba y escuchaba el caer pesado de los cuerpos contra el suelo fangoso.

Sin peligro a la vista comenzó a correr con la canasta balanceándose en su mano, debía huir de la escena del crimen o la encerrarían en la cárcel, había cometido asesinato de una especie en extinción.


Una hora después llegó a casa de su abuela que le miraba preocupada de pie en el porche.

—Criatura de Dios, ¿qué hiciste? —ella le preguntó abrazándola.

—Nada, abuelita.

—Amelia Renaldi —aparecieron dos policías de dentro de la casa—, usted queda detenida por el asesinado de diez especímenes de Canis Lupus Baileyi. Deberá presentarse ante un juez en Ámsterdam y ser juzgada por su acto violento.

—Yo no lo hice —lloriqueó mientras sus manos eran sujetas detrás de su espalda y la metieron en la patrulla.

Varios minutos después de camino recorrido, la patrulla se detuvo frente a los cuerpos caninos.

—Fue en defensa propia —suplicó.

—Eso no es lo que muestran las grabaciones —dijo el oficial en el asiento del copiloto—. Usted violó las leyes al traspasar las murallas de la ciudad, además carga un arma de fuego dejando en claro que su intención siempre fue asesinar a los cachorros.


Parada frente a un juez fue condenada a cinco años de prisión por cada espécimen muerto, sumándole cincuenta años.

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