Susurro



Un susurro era lo necesario para tirar abajo el autocontrol de Mr. Darkness, de su señor, e Izz lo había descubierto de la peor manera en la última fiesta a la que había asistido con Damien.

—Por favor —Izz murmuró por enésima vez mientras le acariciaba el cabello a su señor que descansaba la cabeza sobre su regazo.

—No me agradan esas reuniones —se sentó y desató el nudo de su corbata.

—Serán solo un par de minutos —queriendo convencerlo, Izz se arrodilló detrás de él y comenzó a darle un masaje.

—¿Por qué suplicas tanto? —se recostó contra ella poniendo la cabeza contra sus senos—, no es que esté negándote el permiso para ir.

—Me siento sola allí —le pasó las manos por el pecho—, todos van con pareja y —le susurró al oído— yo estoy sin mi señor.

—¿Si voy, qué obtendré a cambio? —él volteó a mirle levantando una ceja.

—Todo lo que mi señor quiera —respondió con tono seductor.

—Ya cuento con ello, así que eso no me invita a acompañarte.

—Aceptaré lo que quieras sin chistar —salió de detrás de él y se arrodilló antes de tomarle la mano y besarla.

—Quiero un trío —al verlo tan serio se asustó por su petición, un nudo se formó en su garganta y le cortó la respiración.

—No —dijo con voz ahogada, soltándole la mano y comenzando a caminar alrededor del estudio negando con la cabeza, negándose a creer en su petición.

—Dijiste que aceptarías sin chistar —con el corazón latiéndole rápidamente se giró y lo encontró sonriente.

—Nunca pensé que pedirías algo así.

—¿Por qué no? Son los deseos de tu amo.

—No —continuó caminando en círculos—, es una petición egoísta, y mi señor no es egoísta.

Él no respondió, pero ello no le hizo detenerse, fue todo lo contrario, apuró el paso llegando a la ventana, dándole una vista panorámica de Southampton desde el decimoquinto piso de su edificio. Al girar para continuar con su muy movida mente se encontró acorralada por él, por su duro pecho avanzando hacia ella, obligándole a retroceder, aplastándola contra la pared. 

Damien le sujetó de la mandíbula y le giró el rostro dejándole la oreja pegada a sus labios cálidos, sintiendo su respiración en el cuello.

—Una chica buena siempre está abierta a nuevas experiencias —él murmuró antes de besarle donde le latía el pulso y morderle.

—No soy una buena chica —la mano que le sujetaba la mandíbula ahora se cerraba sobre su cuello.

—Ten por seguro que eso ya lo sé.

—Te amo demasiado —le puso las manos en el pecho, no alejándolo, sino en una caricia—, pero no puedo permitir que otro hombre me toque.

—Douglas llegará pasado mañana, es decir que podrás disfrutar de tu muy clamada fiesta en mi compañía.

—No, por favor —él le liberó, pero ella se aferró de la manga de su camisa.

—Mi decisión no cambiará.

Al llegar la noche se vio obligada por su señor a vestirse para la fiesta de la facultad en una de las casas residenciales.

Con jeans que se le pegaban a la piel y una blusa ligeramente holgada con unos zapatos de tacón que eran realzados con su esclava demostrando que le pertenecía solo a Damien Clark, fue a ella siendo el punto de mirada de muchos.

La música retumbaba entre las paredes celestinas de la casa que estaba completamente iluminada, pero a la vez las luces de colores realzaban el ambiente.

—Iré por un par de cervezas —Damien le dijo al oído por sobre el ruido, rodeándola con un brazo, apegándola a su pecho, posándole una mano en la espalda baja mostrando a todos que era suya, sin embargo, para terminar de afirmarlo, la besó arrinconándola a la pared, arrancando de lo más profundo de su garganta un gemido que rezumaba sexo por todos lados. 

—Te esperaré aquí —respondió jadeante, sintiendo las mejillas encendidas por las miradas clavadas en su rostro.

Él desapareció de su perímetro de visión, los chicos flirteando a las chicas vestidas como putas estaban aglomerados cerca de la puerta a la cocina, por lo que le fue imposible seguirle el rastro a Damien; no es que no confiase en él, solo que era la universidad, habían chicas guapas listas para caer encima de los huesos de cualquier hombre guapo, y él era demasiado guapo como para confiarse de aquellas perras en celo.

—¿Por qué tan solita? —apareció un chico de piel morena con el alcohol desbordando en cada una de sus neuronas.

—¿En serio te funciona eso? —él sonrió abiertamente, mostrando restos de comida entre los dientes.

—Averígualo tú misma —el moreno le guiñó uno de sus ojos negros.

—Paso —se levantó del escalón donde se había sentado y él tipo desconocido volvió a sonreír.

—Bebé, has venido por sexo y yo te lo estoy ofreciendo —el tipo le sujetó el brazo y tironeó de él hacia la salida. 

—Quítame tus sucias manos de encima —forcejeó, logrando soltarse pero trastabillando con una pareja que estaba detrás, cayendo al suelo, golpeándose el trasero.

—Ven, calabacita —el tipo la levantó del suelo trastabillando, cayéndole encima, aplastándole—. Pareces urgida —él sonrió lascivo—, lo haremos aquí. 

Empujó y empujo al tipo, pero parecía pesar mucho más que Josh, haciéndole imposible librarse de él; de pronto el peso fue retirado con rapidez y solo pudo ver la espalda de Damien repartiendo golpes al moreno que se tambaleaba, con la boca y nariz sangrantes.

Cuando al fin pudo ponerse de pie, perdió el piso nuevamente, Damien la había colgado de su hombro sacándola de allí.

—¿Para eso querías que viniera? —preguntó Damien furibundo, conduciendo con rapidez al apartamento.

—Claro que no —le puso una mano en el hombro y él se la quitó de un manotón.

—No me imagino qué pasa cuando yo no estoy presente —dijo entre dientes.

—Es la primera vez que algo así pasa, yo siempre estoy con las chicas.

—Claro, al igual que hoy —Izz blasfemó mentalmente; ellas habían decidido irse con sus parejas y no ir a la fiesta como había sido planeado.

—Lo juro.

—Mentirme no te salvará —farfulló.

—Haz lo que te dé la gana —frenó bruscamente haciendo chirriar los neumáticos y la miró enojado, sus ojos gris azulado se tornaron oscuros alrededor de la pupila.

—No dormirás conmigo esta noche y usarás el collar de castigo por todo un mes, lo llevarás contigo a cada lugar que vayas.

—Lo siento.

—Tus palabras no me harán levantarte el castigo.

No pudo pronunciar otra palabra, si lo hacía, era muy probable que fuese algo que le aumentara el castigo, y eso sería mucho peor que usar y explicar el por qué usaba un collar de siete centímetros compuesto por cuatro cadenas de oro blanco rodeándole el cuello uniéndose a un aro en el centro donde colgaba un pequeño candado en el que detrás tenía grabado “Le pertenezco a mi Señor; solo él decide qué haré después”.

Tomando consciencia y anhelando no ganarse más castigos, llegó a la habitación que compartía con él y se arrodilló en el centro a la espera de él, de que le castigue colocándole el collar.

Él entró en la habitación y pasó frente a ella, ignorándola, desvistiéndose mientras se dirigía al cuarto de baño. Odiaba cuando él hacía eso, le hacía sentir humillada, la sumisa inadecuada.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Damien al salir del baño con una toalla envuelta en las caderas.

—Te suplico que me castigues —bajó la mirada cuando se detuvo frente a ella—, mi actitud fue incorrecta.

—Ni siquiera mereces un castigo —le tomó un puñado de cabello y tironeó de él obligándole a mirarle—. Eres una chica mala y yo quiero una niña buena.

—Seré una niña buena —pudo decir con voz ahogada—, perdóname, mi señor.

—Debo pensarlo. 

—Por favor —estiró los brazos, posándole las manos sobre los muslos. Damien retrocedió.

—No tienes permiso de tocarme.

—Lo siento —colocó las manos tras su espalda.

Luego de que le hubo puesto el collar de castigo, Izz se duchó y vistió una de las camisas de su señor antes de cubrir el sofá con una manta, llevar su almohada a la que sería su cama por esa noche.

***

—Vamos, arriba —escuchó una voz masculina y sintió un tirón de los brazos, colocándola sobre sus pies.

—¿Quién demonios eres? —el tipo castaño, de ojos verdes, alto y musculoso vestido casualmente le dio una bofetada.

—Cuida tu boca conmigo.

El hombre de nombre Douglas, que recordó haberlo visto varias veces en la mazmorra, le tomó del brazo izquierdo y tiró de él llevándola a la habitación donde una mujer de cabellos rubios como la mantequilla les esperaba sentada en la cama en completa desnudez y Damien sentado en una silla en la esquina contraria a la puerta.

—Eres mía por este día —la tiró contra la cama—, harás lo que ordene o te irá muy mal.

—Vete al infierno —Izz respondió alejándose de Douglas.

—Tu culo dolerá como el infierno —le tomó de un pie que logró sujetar en su escape y lo haló hasta dejarla al borde de la cama, girándola, obligándole a arrodillarse—. Yo soy tu amo ahora.

—En tus sueños —una nalgada picó en sus carnes.

Douglas le ató las muñecas tras la espalda y las sujetó a la cuerda que estaba amarrada a ambos postes de la cama para luego cubrirle los ojos con un antifaz de cuero.

—Relájate —le susurró la sumisa de Douglas, Holly.

—Tú, relájate —dijo al borde de las lágrimas.

Su ropa fue rasgada y su trasero fue azotado con muchas lenguas de cuero, golpeando su intimidad en el acto. A pesar de no gritar o reprochar, luchó contra las restricciones, sintiendo la cuerda quemarle.

—Quieta —la mujer volvió a susurrarle al oído, acariciándole el cabello con una mano, sujetándole las manos con la otra—, te lastimarás.

—Vete a la mierda —escupió.

—Cuida tu boca —Douglas le reprendió propinándole un azote en la espalda.

Seriousness —gritó su palabra de seguridad—, seriousness —hipó. 

Una vez que sus manos fueron liberadas no miró a nadie, solo salió corriendo al cuarto de baño donde se metió a la ducha con agua fría, mojándole, borrando las manos del otro hombre; a pesar de siempre querer hacer feliz a su señor, esa era la barrera que quizá nunca cruzaría.

—¿Estás bien? —Damien le preguntó. Ella solo pudo asentir hipando.

Al ver que no podía detener el llanto, él se metió a la ducha con ella a pesar de seguir vistiendo el pantalón de su pijama.

—Ya pasó —la abrazó.

—Te amo —murmuró—, te amo mucho —hipó—, quiero hacerte feliz, pero… —miró el agua corriendo a sus pies— no puedo —negó—, no puedo.

—Shhh… 

Damien la mimó dándole un baño, besando su piel, susurrándole palabras de amor al oído, borrando el episodio de la mañana. 

Había barreras más duras que el diamante que ella no pasaría y él debía aprender a no empujarla en ellas porque podría destruirla. 

Por el momento había aprendido la lección.

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