Cuerda Roja



En la vida existen muchas cosas por las que te arrepientes, algunas veces no es al cien por ciento; pero existen otras veces en que quieres pedir disculpas al segundo de cometerlas.

—Es el momento indicado, Izz —dijo Chelsea sacando unas cervezas del refrigerador.

—No podría, me emborracho con rapidez, además los niños están arriba —respondió mirando las cervezas como si les llamara a beberlas.

—Solo será un par, no dejaría que te emborracharas nunca, además, si pasa, yo estaré completamente sobria para velar por ambos.

—Harás que se enojen conmigo —tomó una de las botellas, le quitó la tapa y bebió.

—No lo hará —su mejor amiga sonrió.

—Te responsabilizaré si se enoja.

Varias botellas de cerveza después Izz sentía que el suelo comenzaba a bailar bajo sus pies por lo que decidió que era tiempo de sentarse y tomar en las piernas a su pequeña Amy de tres años, completamente adormilada con sus bucles rojos borgoña pegándosele al rostro luego de bañarla por haber corrido por toda la casa siguiendo a Keith cinco años mayor que ella.

—Damien debe soltarte un poco la cuerda, te tiene muy atada a él, como si dependieras completamente de él. 

—¿Por qué dices eso?

—Si te llama, le contestas al instante como si te desesperaras por él; si lo escuchas llegar es como si llegara lo mejor del mundo.

—Simplemente amo a mi marido —dijo observando a la niña ligeramente atenta a la conversación, por lo que decir amo sería un error—; eso no me hace dependiente de él.

—Cuando viaja, te desesperas cuando no llega la fecha que dice —la rubia levantó la botella y sonrió victoriosa.

—Simplemente me acostumbré a él, nada más —respondió enfurruñada.

—Por supuesto, Izz.

—Ni siquiera sé por qué vengo a visitarte —la fulminó con la mirada.

—Porque somos amigas y porque nuestros hijos son amigos.

—Keith pasa mucho tiempo con ella —la niña bostezó—, él quiere Amy solo para él.

—Que no te sorprenda si de grandes te hace suegra.

—Calla —ambas rieron ebrias—, mi bebé elegirá a quien quiera, no estará con alguien impuesto.

—Ella elegirá a mi niño hermoso —pasó la mano por el cabello del niño dormido en el sofá.

—Estás loca —volvieron a reír ruidosamente.

—Allí están —escuchó la voz de Josh y vio a tres Damien, uno al lado del otro.

—¿Cuál es la razón para esto? —él preguntó tomando a la niña que había saltado de su regazo para alzar las manos hacia su padre.

—Tengo derecho a tomarme unas cervezas con Chelsea —se puso de pie y tambaleó un poco.

—Ve al coche, Izz —ordenó. Completamente cabreada se cruzó de brazos.

—No quiero, me quedaré aquí a beber con Chelsea —hipó—. No solo ustedes tienen el derecho de beberse hasta la última gota de alcohol.

Creyéndose ganadora al verlo dar media vuelta e irse con Amy, se volvió a sentar y tomó la botella casi vacía; estaba a punto de beber cuando le arrebataron la botella y vio a Damien de pie frente a ella.

—Párate —ordenó.

—Vete a la mierda —murmuró.

Gritó cuando él le tomó del brazo, la puso de pie en un tirón y la levantó sobre su hombro mientras golpeaba su espalda con los puños cerrados; la llevó al coche y cerró la puerta con fuerza asustando a Amy.

—Mami, mami —la bebé lloró estirando las manos, peleando con el cinturón de la silla para niños.

—Shhh, muñequita —susurró tomándole la mano.

—Papi está bravo.

—No, amor —le sonrió a la niña—, tiene sueño. ¿Recuerdas que te pones gruñona cuando tienes sueño?

—No —se cruzó de brazos y le mostró los dientes en un gruñido. Sin poderlo evitar, rió antes de gruñirle de regreso.

—Silencio —regañó Damien al entrar en el coche luego de despedirse de Josh y Chelsea.

—¿Papi, tienes sueño? —Amy preguntó arrullando a su conejo de peluche.

—¿Por qué, muñeca?

—Estás gruñón —como si Amy se llevara el mal humor de Damien, él rió.

En el transcurso del camino a casa, Amy se quedó dormida y Damien ni siquiera le miró de reojo, simplemente fulminaba el parabrisas.

—Sube y te das un baño —él ordenó sin mirarle—; te quiero completamente sobria cuando termine de acostar a Amy, ¿me escuchaste?

—Sí, señor quiero que hagan todo lo que diga —la miró por primera vez desde la casa de Josh, y la mirada que le dedicó no auguraba nada bueno.

—No jodas mi paciencia.

Salió del coche y subió los tres escalones del porche trastabillando antes de entrar y encender las luces iluminando las escaleras que le resultaría un tormentoso camino.

—Muévete, Izz, el tiempo se acorta —lo escuchó a sus espaldas.

—Vete a la mierda, Damien.

Él no respondió, simplemente pasó delante de ella escaleras arriba cargando a Amy.

Se había jodido, Damien se había cabreado, pero tenía que perdonarle, estaba ebria.

Subió las escaleras con dificultad, golpeándose las rodillas cada tantos escalones; cuando logró llegar arriba las lágrimas se acumulaban en sus ojos y le dolían las piernas.

—Solo por ti —murmuró arrastrando los pies con dirección al cuarto de baño.

Con el sueño calándole los huesos, se paró en la ducha completamente vestida, se dejó resbalar por los azulejos y cerró los ojos por un instante.

—Izz —escuchó el grito de Damien y abrió los ojos de sopetón. 

—Lo siento, lo siento —murmuró tratando de ponerse de pie pero las piernas le fallaron y estuvo a punto de golpearse contra la pared, sin embargo Damien la sujetó.

—Tienes prohibido beber —Damien comenzó a regañarla a medida que le quitaba la ropa.

—No soy una niña que no puede beber —respondió aferrándose a él mientras le rasgaba la blusa, el brazier.

—No estabas sola, Amy estaba contigo.

—No soy una mala madre —lo empujó—, sé cuidar a mi hija —le lanzó la esponja que estaba a la mano—. No dependo de ti, ni de nadie. No te necesito, Damien.

—¿Entonces por qué sigues conmigo? 

—Por costumbre, además Amy quiere estar contigo.

—Bien —dijo él sin inmutarse, su rostro no mostró ningún cambio.

—Damien —susurró.

—No digas más —levantó la mano—, que no te joda mi presencia —salió dando un portazo.

Cuando salió del baño completamente limpia y menos borracha, no lo vio en la cama, pero no le preocupó, estaba cabreado y se le pasaría pronto.


***

—Izz —escuchaba a Damien muy alto para su gusto, la cabeza le latía como tambor en pleno cuatro de julio en New York—, despierta.

—Por favor, quiero dormir. 

—Vístete, te vas —al reconocer la última frase, abrió los ojos y lo miró sentado en un sillón frente a ella.

—¿Dónde me voy?

—A tu propio lugar —sin que su mente aún hiciera conexiones, se sentó y pudo ver la maleta al lado de él, y sobre la cama una muda de ropa.

—¿Qué? —lo miró confundida.

—No quieres estar aquí, está bien, tendrás tu propio lugar —el rostro de su señor no mostraba emoción alguna, mientras a ella el corazón se le aceleraba creándole un nudo en la garganta, haciéndole olvidar la resaca—. Amy se quedará contigo mientras estoy en el trabajo, pasaré por ella a las seis.

—¿Por qué? —lloró— No quiero irme, esta es nuestra casa —se levantó y se puso de rodillas frente a él— ¿Ya no me quieres? —dijo gimoteando.

—Debo pensar si regresarás —se puso de pie—; mientras tanto te quedarás en el departamento y seguirás mis reglas. 

—Perdóname —suplicó—, estaba borracha —hipó—, no sabía lo que decía.

—Ojalá esto te ayude a reflexionar.

Damien caminó ignorándola, dejándola con la mente hecha un embrollo tratando de recordar qué había dicho o hecho como para que él reaccionara así; cuando su metedura de pata le llegó a la mente solo pudo resignarse, no podría hacerlo cambiar de opinión.


***

Su señor estacionó frente a un edificio alto y la miró.

—Amy, despídete de mami —le dijo a la niña que les miraba divertida.

—¿Dónde vas, mami? —ella preguntó sonriendo.

—Tengo algunas cosas que hacer, bebé —la abrazó fuertemente—, te veré mañana temprano.

—¿Mami, me comprarás caramelos?

—Muchos —respondió después de besarle ambas mejillas.

—Espérame en el coche, Amy —él se la quitó de las manos y la puso en el suelo; vio como su hija se metía en el auto y la miraba a través del vidrio—. Te quedarás en el apartamento número diez —le entregó una llave—, no puedes contactar con absolutamente nadie, ni Josh, Chelsea o mis padres.

—¿Por qué? —sus ojos grises azulados se oscurecieron.

—¿Seguirás cuestionándome? —negó.

—No, mi señor.

—Sabré si te mueves de este apartamento, donde vayas y si me desobedeces —asintió.

—En dos semanas es navidad —miró al coche y Amy le hizo de la mano— ¿Podré pasar con ustedes? 

—Debo pensarlo.

—Mi señor —susurró.

—Debo irme, quedé a desayunar con mamá —comenzó a caminar sin despedirse, dejándola con la maleta allí. Él volteó antes de hablar—. Mañana traeré a Amy a las siete, espero que estés aquí abajo esperando por ella, puntual.

—Aquí estaré —asintió.

No pudo moverse de allí hasta que vio el auto desaparecer en una esquina. Debía hacerse a la idea de no tenerlos cerca, por lo menos su señor no le había pedido el divorcio, él solo estaba cabreado, esperaba que se le pasara antes de las festividades, sería muy doloroso no estar rodeada de quienes quería, con sus amigos, sus suegros, Su dueño y su bebé.

Al entrar en el apartamento lujoso y verse completamente sola, la melancolía le golpeó como un bólido, haciéndole recordar su estancia sola en Seattle con aquellos demonios que por poco la matan.

Consciente de que podría caer nuevamente en ese círculo vicioso del cual se había mantenido lejos por más de tres años, dejó la maleta en mitad de la sala de estar y salió a hacer las compras navideñas.

***

Luego de agotadoras horas comprando regalos para todos, condujo su auto —que su señor había dejado en el garaje del edificio— con dirección a casa; sin embargo su celular sonó y frenó un par de cuadras antes de llegar y vio el mensaje de texto de Damien que le advertía no entrar, recordándole las reglas. Sintiendo que era lo más difícil que podía hacer, dio media vuelta dirigiéndose al apartamento.

Como si todo hubiese sido elegido para que ella extrañara su casa, su marido e hija; luego del baño y una rápida cena, se acostó en el centro de la gigantesca cama en la que cabrían cuatro personas y se arropó de pies a cabeza sintiendo el frío del invierno colarse por las paredes.

Arriesgándose a romper las reglas, levantó el teléfono y marcó a casa sabiendo que Amy contestaría dado su amor por correr y responder las llamadas.

—Hola —escuchó su dulce voz.

—Hola, muñequita —dijo sintiéndose vacía.

—Mami, mami —ella gritó feliz—, papi, mami me llama.

—¿Cómo estás, bebé?

—Bien, papi me llevó al parque de diversiones y me compró un oso así de grande —se la imaginó haciendo las mímicas.

—¿Bien grande? 

—Gigante, mami, tienes que verlo.

—Mañana, bebé.

—Debo irme, mami, papi me dice que debo dormir.

—Duerme bien, muñequita, recuerda que te quiero mucho.

—Dormiré con papi, él me cuidará de las pesadillas porque Tail —el conejo de peluche— está donde la abuelita. 

—Amy, a dormir —escuchó a Damien.

—Saltaré en la cama —Amy le dijo en un susurro riendo.

—Buenas noches, bebé.

—Chao, mami.

Sintiendo más frío del que había, se acurrucó en el centro de cama abrazando una almohada y trató de conciliar el sueño.

Quizá fueron tres horas de sueño cuando sonó la alarma para vestirse y esperar a Amy en la entrada del edificio.

Bajó lo suficientemente abrigada y se quedó allí esperando desde las siete de la mañana hasta las ocho y media que ellos llegaron; pero no le importó la nieve o el frío, lo que le hacía no enfurruñarse era que vería a su bebé y a su señor, aunque al último solo lo vio de reojo porque al instante que Amy estuvo a su lado, él ni siquiera volteó a mirarle, simplemente se fue. 

Eso se repitió cada día; las llamadas, los problemas para dormir y las llegadas tarde a dejar a Amy; sin embargo él era puntual al llegar a recogerla, pero no cambiaba su actitud.

***

Era veinticuatro, esa noche sería la cena en la casa de sus suegros y rogaba poder ir, su vida en solitaria estaba arruinándole la psique, extrañaba poder abrazar y besar al hombre que amaba, extrañaba sentarse a su lado a mirar una película. Lo extrañaba como si él fuese el aire que respiraba.

No quería pensar en la idea de pasar noche buena completamente sola, pero eran pasadas las seis y él no le llamaba, ni siquiera Amy. Con el corazón haciéndosele añicos se sentó en el sofá y miró las películas navideñas sintiéndose más melancólica.

No pudo evitar llorar al final de las películas.

Iba por el inicio de su tercera película cuando el celular vibró y vio en la pantalla el sobrecito con el nombre de Damien; con temor e ilusión mezclados abrió el mensaje de texto y sonrió al ver a Amy obligando a Keith a comerse una galleta. “Puedes regresar a casa” decía bajo la imagen.


—¿Dónde está Izz? —preguntó su padre por enésima vez.

—Está por llegar, estuvo fuera de la ciudad por un par de semanas —bebió el jugo que Amy había pedido en la cocina y no había querido tomárselo por estar persiguiendo a Keith.

—¿Por qué Amy dice que visitó a Izz en otra casa? ¿Qué sucede, Damien? —tomó una profunda respiración y miró a su madre.

—Todo está bien, Izz necesitaba un par de semanas para ella y yo lo acepté, eso es todo.

—¿Tienen problemas, bebé? —su madre le acunó el rostro, tratándolo como un niño.

—No, estamos perfectamente.

Cuando su madre estaba a punto de decir algo más, el timbre sonó y él prácticamente corrió a la puerta, huyendo de sus padres; al abrir la puerta la vio sonriente y perfecta usando un delicioso vestido negro que se ajustaba a sus curvas y le llegaba sobre las rodillas llamándole la atención con los zapatos de tacón rojos borgoña oscuro al igual que sus labios y cartera de mano.

—Hola —ella susurró.

—Hola —asintió.

—¿Puedes ayudarme con los regalos? —la vio señalar el auto.

—Claro. 

Ella se dirigió al coche y él pudo respirar nuevamente; se giró para cerrar la puerta y tener mayor intimidad, y encontró a todos los adultos mirándoles expectantes, como si esperasen que el mundo se abriera.

Bajó los pocos escalones y se encontró con ella de pie al lado del coche, mirándolo.

—Estás aquí —dijo.

—Lo siento, yo nunca…

No la dejó terminar de hablar, solo pudo arrinconarla contra el auto y besarla con ferocidad anhelando arrancarle aquel vestido y poseerla duro y rápido, una y otra vez. En el instante que el aire se hizo necesario, liberó sus labios, no sin antes morderlos.

—¿Estás bien? —le preguntó y ella solo asintió sin aire—. Debemos ir a dentro —señaló el caserón.

—¿Puedo regresar a casa? —Izz le miró como si temiese que la echara.

—Claro que puedes —volvió a besarla.


***

La noche transcurrió normal, como todas las navidades, aunque ellos evitaron la pregunta de por qué ella estuvo viviendo en otro lugar por dos semanas.

Por petición de sus suegros, Amy se quedó en casa de ellos, lo que resultaba conveniente para los dos.

Al llegar en coches distintos, Damien bajó la maleta de su auto y lo dejó en la entrada.

—Se siente bien estar en casa —dijo ella mirando alrededor.

—Espero que te haya ayudado a pensar —se giró quedando frente a frente a su señor. Le sonrió.

—Nunca volveré a decir una estupidez así —negó fervientemente y lo abrazó—. No puedo vivir sin ti, el mundo se acaba allí. Te amo, mi señor —la apretó contra sí.

—Te quiero desnuda en nuestra habitación —le susurró al oído.

Feliz por volver a tenerlo, se quitó los zapatos y comenzó a bajar la cremallera del vestido mientras subía las escaleras.

Usando solo las braguitas, Izz sacó la caja de regalo que había escondido debajo de la cama cuando llegó a vestirse para ir a la casa de sus suegros, se arrodilló en el suelo y colocó la caja frente a ella.

Pasaron varios minutos antes de que entrara Damien con un flogger trenzado en la mano.

—¿Qué es eso? —preguntó señalando la caja.

—Un regalo para mi señor.

—Ábrelo para mí —obedientemente deslizó el lazo rojo y quitó la tapa de la caja negra, descubriendo la cuerda roja de algodón—. ¿La trajiste para mi deleite o el tuyo?

—Siempre el tuyo, mi señor, siempre el tuyo.

—De pie. 

A sabiendas de que la ataría y azotaría, se levantó contenta de que él continuaba queriéndola a su lado, que la amaba. 

Completamente quieta, lo dejó trabajar, atarla, restringiendo sus brazos, haciendo que la cuerda hiciera presión en su clítoris por sobre las bragas; y por primera vez no sintió que el collar de castigo representara para lo que su nombre decía, por primera vez lo llevó con orgullo.

La inclinó hasta que la mejilla tocó el colchón y la dejó allí unos segundos antes de sentir los lengüetazos de cuero zurrándole la piel con fuertes azotes, arrancándole gemidos por el dolor de los azotes y el placer de la cuerda estimulando el pequeño capullo de nervios entre sus piernas.

Muchos azotes después, con la carne de su culo tan sensible que incluso el aire le dolía, él la tumbó en el centro de la cama y trajo consigo varias corbatas; ató cada extremo al cabezal de la cama y los extremos libres a sus tobillos, piernas y muslos, abriéndola para él, dejándola expuesta.

Él disfrutó llevarla a la cumbre con su majestuosa boca, con su lengua tocándole el clítoris luego de hacer a un lado la cuerda y bragas, succionando aquel botoncillo, pellizcándole los pezones a medida que su lengua se hundía en su coño y pasaba lengüetazos lentos y perezosos a lo largo de su raja. 

—Por favor, quiero correrme —suplicó.

—Aún no. 

Sus dedos se hundieron en ella y comenzó un vaivén lento mientras le miraba fijamente a los ojos, veía aquel destello malvado en él, en su deseo de volverla loca de pasión.

Creía que no podría contenerlo, que su orgasmo se liberaría en una lluvia de fuegos artificiales recorriéndole la piel, cuando él la penetró lentamente y simplemente fue el fuego que encendió la mecha y la llevó a la inminente colisión de su cuerpo y alma, llevándola al mismísimo nirvana a media que su señor unía sus cuerpos en un movimiento rápido que llevó a su cuerpo a colapsar en las sensaciones, en estremecerse mientras los gemidos y lloriqueos escapaban de su garganta en el éxtasis.


—Te amo, nena —le susurró él al tenerla abrazada.

—Lo sé —sonrió.

—Debes decir, también te amo, Damien.

—Te amo, señor seriedad —lo rodeó con las piernas—, siempre lo he hecho —divertida comenzó a reír—. La cuerda no era tu regalo —le besó el cuello—, era para mí —él le dio un suave tirón de cabello—. Este es tu regalo —señaló su costilla donde las letras negras susurraban un “Te pertenezco, Mr. Seriousness”.

—¿Un tatuaje?

—Ujum —asintió—. Se dice que la mujer salió de la costilla del hombre, por lo tanto le pertenece, es parte de él. Pues ya elegí cual es la costilla que salió de ti —señaló el tatuaje—, es esta.

—Quiero mi costilla de regreso —dijo entre risas.

—No, es mía.

—Fue mía primero —él comenzó a hacerle cosquillas.


—No te la daré nunca —chilló ella riendo. 

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