Adelanto A sus Pies: Capítulo 2

Ariane D'Angelo



20/12/2014
Luego de un estimulante baño que la llevó a tocarse y sentir frustración al ser interrumpida por Evans, su hermano llamándola al celular pidiendo que lo recogiera donde sus abuelos, se vistió casual con jeans, tenis y una blusa azul recordando los ojos de Keith. 

Bajó las escaleras de la casa de sus padres en completo silencio esperando no encontrarse con ellos —aunque rara vez los encontraba cerca cuando estaban los dos en casa—; pudo respirar tranquila al encontrar la sala de estar vacía, aunque eso le llevaba a un pensamiento que les disgustaba mucho “¿Qué estarían haciendo sus padres?”; se estremeció de tan solo imaginar que sus padres tenían vida sexual.

Tomó las llaves de su auto deportivo descapotable de la mesita de las llaves y salió acarreando consigo la pequeña maleta donde llevaba pinturas, crayones y muchos colores para los niños que Tammy cuidaba en el jardín de niños. 

Cuando estuvo detrás del volante, se miró al espejo y arregló el brillo labial que se había salido de su lugar y sonrió de su aspecto. Ella era bonita, todos lo decían; tenía mucho parecido a su madre tanto en el cabello rojo y facciones, pero siempre su abuela le decía que tenía los ojos de su padre y no solo eso, también había heredado aquella chispa explosiva en el genio, pero más aplacada por la mezcla con la pasividad de su madre.

Emprendió el camino a casa de sus abuelos, iría por aquel revoltoso y mal humorado de su hermano menor, que con quince años derretía a todas, que con tan solo levantar una ceja las adolescentes babeaban por él a pesar que estaba en pleno desarrollo físico, lo había visto seguir a Damien al sótano donde había un gimnasio personal y sabía que ambos se ejercitaban. 

Suspiró, quería irse de juerga y recién era miércoles, añoraba que llegara el viernes de la próxima semana, sería el inicio de las vacaciones de verano y podría irse con Jonathan y sus otros amigos a Miami a pasar lo que todo universitario necesitaba; descontrol, alcohol y por qué no, sexo. 

Mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde, empezó a cantar las canciones de un viejo CD que había encontrado en las cosas de Izz, aquel cantante era sexy y tenía una voz sensual, aunque solo se había atrevido a ver la portada del disco, no quería tener una desilusión al verlo mayor.

Susurraba el coro en compañía del cantante que le envolvía en sensualidad hasta que el celular comenzó a sonar, interrumpiéndole. Enfurruñada, bajó el volumen y se colocó el manos libres antes de contestar cubriéndose el pequeño aparato con el cabello.

—Amy Clark —habló avanzando en la vía.

—Tan seria como el sexy de Damien —escuchó la voz de Patrick muy alegre. 

—No hagas comentarios sobre mi padre —refunfuñó.

—Es que, Amy, Damien está tan bueno como el vino francés —hizo sonidos de asco y su amigo empezó a reír—. ¿Qué es esa antigüedad de fondo? 

—Es buena música.

—Esas canciones escuchan los padres de los padres de mis padres, debes ser más actual. Creo que continuar viviendo con los tuyos te está afectando.

—Vivo con ellos porque es provechoso, cuando llego, mamá tiene comida caliente o alguna golosina, papá me complace con lo que quiero y mi hermano me divierte. Tengo todo lo que necesito —escuchó una carcajada fuerte al otro lado de la línea.

—Pero no tienes lo más importante, SEXO —resaltó la última palabra.

—Ni que fuera promiscua —escuchó un jadeo de Patrick.

—Esas palabras significan que no conoces lo que es un buen orgasmo. Es único, el paraíso envuelto en látex, y el amor de papi y mami no te dará eso.

—¡Cierra la boca! —gritó divertida.

—Imagina a Jonathan besándote, arrancándote la ropa, lamiendo tu piel —inconscientemente gimió, no por la idea de su novio haciendo eso. Era Keith quien protagonizaba aquel sueño.

—Calla. Debo colgar, acabo de llegar a casa de mis abuelos y no puedo hablar de sexo y orgasmos estando frente a ellos.

—Tu abuelo también está caliente —Patrick le dijo rápidamente y colgó antes de poder responderle.

Salió de coche y subió las escaleras del porche de la casa elegante y de aspecto antiguo donde había pasado muchos días y noches, nunca reprocharía a sus padres de que la dejaran al menos una vez a la semana con Eve y Dean, ellos la engreían y adoraban al igual que ella los amaba.

Abrieron la puerta antes de que pudiera tocar, Eve, su abuela con el cabello como la miel y la piel suave como el durazno le sonrió.

—Nonna[1] —le saludó abrazándola, inspirando el perfume costoso.

—Amy, muñequita —la abuela la dirigió al interior encontrándose a Evans jugando al futbol con el abuelo en la consola de videojuegos.

—Abuelo —saludó a Dean, el hombre alto y de ojos bondadosos que le adoraba.

—Muñequita —le saludó distrayéndose, perdiendo contra Evans.

—Idiota —saludó a su hermano.

—Novia de Frankenstein —él le ofreció una de las galletas que su abuela siempre tenía para ellos.

—Vamos, debo estar donde Tammy en una hora y llegaré tarde por venir por ti. 

—Nadie te obliga —Evans se quitó la chaqueta de cuero sintético que le había quitado a su padre a escondidas y se la lanzó estando a punto de golpearle el rostro.

—Mamá lo hace, así que cierra el pico y mueve el trasero.

—Claro, la bebé de papá está enojada porque no puede ir a encontrarse con su mejor amiga, mira como lloro —Evans se fregó los ojos con el dorso de la mano.

—Eres un condenado —se abalanzó contra él y le tiró de la oreja; de pronto sintió un tirón en la suya.

—Suéltalo, Amy —le reprendió Eve tirando de su oreja. 

—Él inició —se quejó sentándose en medio de Dean y su hermano que estaba frotando la oreja enrojecida. 

—No me interesa quién inició. Son hermanos y se tratarán con respeto —Eve les reprendía cruzada de brazos—. Evans, pídele disculpas a tu hermana —él la miró ceñudo y luego sonrió.

—Perdóname, querida hermana, ha sido una desfachatez mía tratarte de aquella manera, no lo volveré a hacer —vio como su abuela le frotaba el cabello a su hermano.

—Amy —los ojos claros de Eve le taladraban.

—Estás disculpado, ahora vamos.

—No, señorita —Dean le pasó el brazo sobre los hombros—. En la vida hay que saber recibir y pedir disculpas. 

—Abuelo —lloriqueó.

—No me convencerás esta vez —él la apretó a su costado y le dio un suave beso en la coronilla.

Cabreada por tener que pedir disculpas, cerró los ojos y tomó una larga respiración.

—Lo… —la voz le tembló y parpadeó repetidas veces haciendo que lagrimas anegaran sus ojos— siento, querido hermanito —hipó—, yo no quería lastimarte, perdí los estribos, prometo no volver a hacerlo.

—Así está mejor —les felicitó Eve sentándose al lado de su marido, dejándola lejos de su vista, a lo que le sonrió a su hermano, querría venganza y la obtendría.

—¿Podemos irnos, querido hermano? 

Evans le miró entrecerrando los ojos grises como los suyos y luego sonrió.

—Abuelita —él se frotó la barriga—, me duele, creo que comí muchas galletitas tuyas —lo observó ponerse de pie y empujarla para sentarse al lado de Eve—, dame un abrazo, nonna, luego de darme ese té rico que preparas —descansó la cabeza sobre el regazo de Eve y le puso los pies sobre el suyo.

—Ustedes dos se sacarán los ojos —murmuró Dean—. Evans, levanta el trasero y ve a casa, tu hermana tiene cosas que hacer.

—Está bien —su hermano se levantó y le sonrió a sus abuelos—. ¿Nonna, me empacas más galletitas? —él le mostró esa sonrisa que derretía a las otras mujeres y su abuela le acarició el cabello.

—Le dejarás a tus padres —Eve le dijo poniéndose de pie en busca de las galletas.

Una vez en el coche, Amy subió el volumen al estéreo y comenzó a cantar seguida de Evans que hacía los tambores con las manos sobre la guantera.

—¿Me llevarás a América? —Evans preguntó al acabarse la canción.

—No puedo llevarte, además, mamá solo me dio un pasaje de ida y vuelta.

—Es injusto que te vayas a otro país y no me lleves —él le dio un tirón a un mechón suelto.

—Tú te fuiste a Rusia por todo un mes con el tío Dylan y la tía Lilith y yo no reclamé.

—Es diferente —se quejó Evans levantando los pies sobre la guatera—, allí no fui a divertirme.

—Claro —le dio un manotón en las piernas para que las bajara—, irte a turistear con Cameron no es nada.

—La tía Lilith nos llamaba cada hora, eso no es ser libre —su hermano se pasó la mano por el cabello al igual que su padre lo hacía cuando estaba molesto.

—Es lógico que les llamara, Cameron es su hijo y tú estabas bajo su responsabilidad. Todos sabemos que no podremos confiar en ustedes estando juntos.

—Solo una vez, Amy —Evans señaló con el dedo—, una vez me castigaron en la escuela.

—Claro, te castigaron porque estabas besándote con la porrista del último año en el gimnasio —su hermano le sonrió ladinamente y vio mucho parecido con Damien que le dedicaba la misma sonrisa a su madre.

—Solo unos besitos —él le guiñó un ojo.

—Claro, y la tenías casi desnuda.

—Ella lo permitió —lo vio de reojo encogerse de hombros.

—Debes respetar a las mujeres —le dio un golpe en el hombro.

—Si ellas no se respetan, yo no puedo hacerlo.

—¿Qué pasaría si soy yo? —su hermano lanzó un par de golpes al aire.

—El tipo se enfrentaría a papá y a mí, pero no solo eso, te castigarían hasta que te casaras.

Empezó a reír a carcajadas y se detuvo frente a la casa.

—No soy una resbalosa, Evans, sé hacerme respetar. 

Él entornó los ojos y asintió a medida que tomaba su maleta y salía del coche.

Le tomó media hora llegar al jardín de niños donde todos corrieron a abrazarla llamándola tía Amy. Era bueno ir allí todos los días, eso ayudaría a su currículo una vez que se graduara como profesora de infantes. 



Keith se encontraba trabajando en una maqueta de su último trabajo, debía presentarla a la empresa contratante al siguiente día y le faltaban los últimos detalles del centro comercial, al menos los planos ya los tenía terminado. 

Eran pasadas las ocho de la noche cuando su celular sobre el escritorio de su oficina comenzó a vibrar.

—Corazón —ella le gritó riendo una vez que contestó.

—¿Qué sucede, muñeca? —se irguió de su posición encorvada y miró por la pared de vidrio.

—¿Dónde estás? —las luces centellantes del centro de Londres le llamaban a salir de la oficina.

—En mi trabajo, Amy, donde casi siempre estoy cuando llamas —se frotó la nuca.

—Hombre trabajador —ella le susurró apenada.

—Es lo que hago, Amy.

—Ven, estoy en tu apartamento con comida de tu restaurante favorito con ravioles de queso con salsa mediterránea, galletas de la abuela, fresas con chocolate, ensalada césar y otras cosas más.

—Me tientas, pero debo terminar la maqueta.

—Ven, debes comer o le diré a Chelsea —arrugó la nariz, sería enfrentarse a un huracán si su madre se enteraba.

—Está bien, no me amenaces con algo tan terrible. Ya voy saliendo.

—Te espero.

Cuando la llamada terminó solo pudo soltar el aire con brusquedad, ella lo volvía loco, y casi siempre lo manipulaba con aquella imagen dulce y preocupada que le mostraba, pero también lo enloquecía su genio que le encantaría dominar, susurrarle al oído que debería hacer lo que él dijera, que era suya.

Al llegar a su apartamento encontró las luces encendidas y una Amy cómoda en el sofá mirando la tele.

—Al fin has llegado —ella se levantó con rapidez y le saltó encima rodeándolo con piernas y brazos.

—Sí, lo he hecho —respondió sujetándola de los muslos, dejando caer el portafolio y se sentó en el sofá.

—Creí que tendría que ir a buscarte —con ella sentada a horcadas, tuvo que controlar su libido.

—Ya estoy aquí —Amy le depositó un beso en el cuello y él se congeló allí.

—¿Cómo te fue con los monstruitos? —ella rió mirándolo a los ojos, llamándolo a besarla, tumbarla en el sofá y desnudarla.

—Bien, ellos me adoran. ¿Y tu día? —se encogió de hombros y sus pechos se frotaron contra los suyos, la observó cerrar los ojos con una sonrisa. 

—Normal —se aclaró la garganta y la sentó a su lado antes de ponerse de pie—. Sirve la cena mientras me doy una ducha —ordenó de camino a su habitación. 

Necesitaba apagar su deseo, necesitaba una ducha de agua fría.



***

—¿Irás conmigo? —Amy le preguntó en medio de la cena.

—No puedo, tengo un trabajo, yo no tengo vacaciones de verano —él se llevó un ravioli a la boca.

—Por favor —le miró entre las pestañas e hizo un puchero.

—Lo siento, no puedo.

Enfurruñada se levantó llevándose su plato y el de él con casi toda la comida. 

Colocó los platos en el mesón y se cruzó de brazos queriendo lanzar la loza; de pronto sintió unas manos en la cintura antes de ser obligada a voltear.

Sus ojos azules le observaban fijamente, intimidándola, haciéndole huir a ese par de orbes claras, pero él le obligó a mirarle colocando dos dedos debajo de su barbilla.

—Sabes muy bien que si pudiera, iría —él le habló con la seriedad marcándole el rostro.

—Yo solo quería que fueses conmigo —susurró.

—Lo lamento —asintió y giró tomando los platos, llevándolos de regreso a la mesa. 

[1] Abuela en italiano


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3 comentarios

  1. jopeeee que ganas tengo de poder seguir con la novela.... jaja por ahora estupenda ^^

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  2. Me encanta, necesito mas! Ya la quiero leer entera!

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