A su Merced: Master - Prólogo



Tenía una copa con Coca Cola en las manos, bebiendo pequeños sorbos, observando unos ojos café casi negros con un profundo delineado negro —orden suya— escurriéndose por sus mejillas como si se tratasen de lágrimas mientras estos le miraban suplicante, pidiendo por más al mismo tiempo, mientras un hombre azotaba con fuerza la espalda, muslos y culo de Mic, sus cabellos rubios se agitaban cada vez que intentaba huirle al azote; cada vez que el látigo le golpeaba Mic se retorcía gruñendo, moviendo la cabeza a los lados intentando alejar el cabello largo que se pegaba a su rostro sudoroso, cerrando con fuerza las manos en las ataduras que extendían sus brazos en paralelo, intentando estabilizarse, plantar los pies en suelo, luchando contra las ataduras que le rodeaban el torso manteniéndole suspendido, evitando que tocara el suelo de su segunda mazmorra favorita.

—Señora —gruñó Mic intentando alejarse del sonoro azote.

—Cierra la boca —murmuró venciendo la cabeza hacia atrás, evitando mirar a su amigo zurrar a Mic, el cómo enrojecía la piel de su sumiso en el último día del contrato.

Seis meses eran suficientes para ella, seis meses con la misma persona era su límite, mucho más con un sumiso, prefería no encariñarse con ellos, era arriesgarse demasiado. Un divorcio en su vida era suficiente.

—Puedes tenerlo Stephan —dijo al Amo—, fóllalo y llévalo a su casa.

Se levantó de su silla y caminó hasta Mic para acariciarle la mejilla rasurada con dedicación.

—Señora, creí que usted… —gruñó en el momento que Stephan le propinó un golpe con una paleta.

—Querías algo memorable, pequeño —se paró en la puntilla de los pies sobre la alfombra mullida y sonrió, él era mucho más alto que ella, pero siempre sería su pequeño—, y te estoy brindando una muy nueva experiencia —depositó un beso en su mejilla—, no regreses a mí, no me busques, esa es mi última orden.

—Señora… —ella negó.

—Cuídate, Mic —depositó un beso fugaz en sus labios.

Se calzó los zapatos de tacón de aguja y salió de la habitación recorriendo el largo pasillo de habitaciones para sesionar, ingresando al vestidor donde digitó su clave en el panel y otra puerta se abrió en una nueva habitación reducida, encontrando su ropa habitual; mirándose al espejo comenzó a desatar el corsé de cuero, sintiendo que se desprendía de su piel, una muy diferente a la real; se acunó los pechos como si lograse respirar una vez más, cómo si el corsé hubiese estado muy apretado, algo que no era en realidad; simplemente aquella piel que había conocido con su primer amante luego de su fallido matrimonio juvenil ya no la sentía como suya, era algo que comenzaba a aburrirle y confundirle. Se deshizo de absolutamente toda la ropa y se miró al espejo, su cabello rubio dorado le llegaban hasta los hombros, disimulando su piel clara, dándole toques sonrosados, resaltando más su mirada de ojos azules; pasando la mano por su cabello, suspiró tratando de comprender qué hacía a los hombres creerle Dominante, cuando en realidad lucía como un cachorrito, pequeño y de rostro suave.

—Esta es la última vez —murmuró a su reflejo recogiéndose el cabello en una cola de caballo—. Mic será el último —afirmó mientras se vestía con pantalones de mezclilla, una sudadera y limpiaba el maquillaje quedando nuevamente como la joven de veintiséis años que era.

Guardó todo su disfraz en una mochila y salió por la puerta trasera de Wip y se dirigió a su camioneta. Estaba lista para ir a casa, regresar a Londres.

***

—¿Quién demonios tiene el informe? —gruñó al gran salón de trabajo de los programadores.

—Se lo entregué a Bianca —pronunció un joven que vestía jeans y una sudadera con el nombre de una banda de Heavy Metal. Benjamin respiró profundo antes de comenzar a despotricar.

—Bianca ha puesto su renuncia sin dejar un documento a la vista, necesito ese informe en mi oficina hoy mismo.

—Mi memoria flash fue formateada —Benjamin fulminó con la mirada al joven que tenía expansores de oreja de 1,5mm.

—Me importa una mierda, al final del día quiero el informe en mi escritorio.

Salió de la sala, entró a su oficina que citaba “Vicepresidente” en la puerta, tomó la chaqueta de su traje y salió de Software’s Camp tratando de calmarse; Bianca había sido un desastre como secretaria, absolutamente todo estaba desordenado y no encontraba ni un infierno en su escritorio, pero en ese momento la necesitaba para que le mostrara dónde estaban todos los documentos.

Estando sentado en una cafetería disfrutando de un café negro, leyendo el periódico alemán, su celular comenzó a sonar desconcentrándolo, haciéndole regresar a su enojo; se palpó los bolsillos y extrajo el pequeño artefacto plateado.

—¿Qué? —gruñó.

—Cálmate o tendrás un aneurisma y Josh no podrá arreglarlo —Damien rió al otro lado de la línea.

—Vete al infierno —tomó un sorbo de la bebida caliente.

—Por cierto, la señorita rubia y tetona perdió el celular de la empresa, o mejor dicho, lo vendió, el GPS indica que está en una casa de empeño.

—Jodida tonta, tiene todo hecho una mierda —Damien volvió a reír.

—Te dije que no debíamos contratarla, pero solo le veías las tetas y no escuchaste.

—Cállate.

—El anunció para la nueva secretaria está puesto, en dos días serán las entrevistas, por favor, fóllate a alguien o usa la mano, pero no llegues cachondo y elijas a la primera caliente.

—Ya aprendí —gruñó.

—Por cierto, quiero ese informe antes de la hora de almuerzo, no regresaré hasta el lunes, está eso del cumpleaños de Amy e Izz me necesita allí.

—¿Por qué te necesitan?, ¿Elegirán tu vestido de princesita para mañana?

—No, será el tuyo, cabrón —Benjamin rió, obteniendo la atención de las tres personas allí.

—Salúdame a tu mujer e hija.

—Izz no te perdonará si no vas mañana a la fiesta, así que, ponte tu mejor vestido y zapatos de zorra —se escuchó la risa divertida de Izz al otro lado de la línea antes de que terminara la llamada.

Regresando al enojo marcó a la sala de programadores y les dio el ultimátum.

Una joven pelirroja se sentó frente a él y le sonrió mostrando lo joven que era; necesitaba tener un polvo, pero no tanto como para llegar a prisión; dejó un billete en la mesa y salió de allí con dirección al trabajo.

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