Luna de Sangre: Parte II



No quería que le temiera, pero debió actuar de aquella forma, un humano había pasado cerca en una camioneta y le había divisado correr. Debía protegerla, si fuese descubierta por los humanos y ello llegaba a los oídos de la realeza Varacolaci, sería una sentencia de muerte para los dos. 

En aquel momento estaban en lo profundo del bosque donde los lobos habitaban, ellos podían olerla, intentar acercarse para alimentarse de Nia inconsciente en su regazo, pero no lo haría, cuando percibieran su esencia correrían lejos despavoridos. 

—Nia —susurró acariciándole el cabello castaño, mirando sus labios rosa, casi rojos que resaltaban contra su piel blanca como la nieve—. Perdóname por mentirte —besó su frente sintiéndole estremecerse.

Con el uso de telequinesis, amoldó la nieve a su alrededor, frenando la velocidad del viento; protegiéndola de morir por hipotermia la cubrió con su chaqueta, su Nia no era un vampiro, faltaba muy poco para completar la transformación, lo que ella había sentido era un golpe de la toxina que corría en su interior, si él dejaba de morderla esta desaparecería con el tiempo, no volvería a ser completamente humana, pero estaría muy cerca. 

Kaleb no podría transformarla sin su consentimiento, sería como condenarla al infierno, nunca le haría eso a su Nia. Apretó más a la joven contra su pecho y cerró los ojos, abriendo sus sentidos, comprobando la distancia de los humanos adolescentes buscando al “fantasma”.

Una vez más caminaba por las calles de Moscú, abriéndose paso entre las personas en la Plaza Roja, cazando un vampiro que había decidido darse un gran banquete asesinando una familia de siete personas, incendiando la casa, bailando alrededor del fuego mientras lanzaba los cuerpos, había sido captado por una cámara de seguridad, su soldado infiltrado en la seguridad de la ciudad descubrió y borró las grabaciones a tiempo —los humanos nunca lo sabrían—, acudiendo a los embajadores del país, quienes le llamaron, Kaleb era uno de los mejores sicarios.

Usando ropas negras, cubriendo las cuchillas de plata en su espalda con una gabardina, pisaba con fuerza, levantando gotas de agua del suelo con su telequinesis, obligando a los humanos a alejarse. 

Su objetivo estaba a la vista e incluso podía percibirlo, su cuerpo ya no desprendía el olor dulzón característico de los varacolaci, la putrefacción de su mente comenzaba a sentirse en el exterior, los humanos huían de él. Estaba listo para correr de forma humana hasta adentrarse a un callejón donde podría usar su verdadera velocidad, sin embargo, un pequeño cuerpo colisionó contras sus piernas, aferrándose a él; al bajar la mirada listo para blasfemar, unos ojos violeta le miraban, de pronto sintió un golpe duro en su pecho, sorprendido se llevó la mano sobre el corazón, el latido había sido muy rápido, pero solo significaba una cosa. Había encontrado a su compañera. 

Allí estaba ella, sonriéndole, levantando los brazos para que la tomara en los suyos; iba a hacerlo cuando dos humanos adultos se acercaron corriendo y alejaron a la niña de él, pidiéndole disculpas mientras miraban al suelo huyendo de sus ojos, siguiendo su instinto que gritaba peligro; ellos estaban en lo correcto, en ese momento Kaleb solo quería desgarrar ambas gargantas y arrebatarles a la niña.

Al centrar la vista en el horizonte, el vampiro que cazaba le miraba sonriente, señalando a la niña mientas pronunciaba “la siguiente”, en un rápido movimiento, Kaleb tiró al suelo al hombre y le arrebató la cartera, guardándosela en el bolsillo trasero del pantalón mientras corría tras su objetivo. Varios kilómetros adelante le había arrinconado contra una pared, enterrándole una de las cuchillas de plata en el abdomen mientras él se mofaba de que había enviado la información de la niña a su nido, que ellos vendrían por la niña. Furioso sacó la otra cuchilla de su funda, tiró hacia arriba la del abdomen mientras que en un movimiento rápido lo decapitaba, observando cómo el cuerpo se deshacía en cenizas.

Revisó la cartera del hombre y encontró la dirección de la casa, la cual rodeó varias veces hasta que la esencia de la niña traspasó sus sentidos, guiándolo a una habitación en un segundo piso, el que con rapidez escaló y cruzó la ventana, encontrándola en una cama de princesa, ella abrió los ojos y le sonrió estirando los brazos, él la tomó y acunó contra su pecho escuchando sus palabras sin sentido. 

Le había visitado cada noche hasta que el padre de Nia le descubrió y apuntó con un arma, Kaleb no dudó en asesinar a ambos progenitores, usó su influencia para conseguir un vuelo a Alaska, se adentró en la mente de la pareja que vivía a las afueras de Healy e introdujo el recuerdo de tener una hija, al igual que tuvo que manipular los recuerdos de Nia, ocultándose a sí mismo en ellos; la nube que la rodeaba desaparecía cada noche que él le visitara.

Algo tocó su mente, trayéndolo al presente, siendo consciente del hombre que estaba muy cerca de ellos; usando su telequinesis le golpeó el pecho, haciéndole creer que el bosque estaba embrujado, él no regresaría. 

Cerró los ojos nuevamente y se adentró en sus recuerdos. La primera vez que probó su sangre, Nia tenía dieciséis años, se había cortado el dedo con una hoja mientras hacía la tarea, instintivamente Nia se llevó el dedo a la boca, pero, él ya había percibido su esencia, la sed comenzó a quemar en su garganta y sus colmillos se alargaron; con una sonrisa dulce ella se arrodilló en el colchón y le posó las manos en los hombros, equilibrándose, llevando el índice a su boca, recorriéndole los dientes filosos, cortándose antes de tocarse los labios, pintándolos con su sangre. 

—Puedes besarme y morderme —ella le sonrió—. Prometo no morderte de regreso. 

Kaleb había sido consciente de su corazón acelerado cuando se besaron, el sabor de su sangre solo hizo que se acrecentara el ardor por tener un sorbo de ella. Cuando estuvo embriagado por sus besos, él aceptó en el momento que ella le ofreció el cuello. 

Nia gritaba y se estremecía entre sus brazos a medida que tomaba sorbos de su esencia, la toxina recorría su cuerpo como ácido, debía detenerse, pero ella era ambrosía en su lengua. Se obligó a detenerse cuando el ritmo cardiaco comenzó a descender y las respiraciones fueron menos profundas. Creyó encontrar dolor en su rostro, pero ella le sonreía hipando. 

Era su decimoctavo cumpleaños, como cada uno de ellos, llevaba en sus manos un muñeco de felpa, pero Nia negó cuando se lo entregó. 

—Tengo dieciocho ahora, ya no quiero juguetes, te quiero a ti —pronunció desatando la bata del pijamas, mostrando su cuerpo desnudo. 

No pudo decir que no, no quiso negarse.

—Kaleb —al no sentir el peso de su cuerpo sobre su regazo abrió los ojos, ella le miraba con lágrimas anegando los suyos—, mi Kaleb —susurró rodeándolo con los brazos.

—Shhh… —le acarició la espalda y cabello, ella tiritó contra su cuerpo—. Vamos a casa.

—No me volveré a ir —hipó—, no te olvidaré —dijo Nia antes de besarle.

Ahora ellos podrían estar juntos, ella tenía veintiún años de vida y él veintisiete años físicos, podrían ser una pareja normal ante los ojos del mundo. 

Esa noche la haría inmortal.         

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3 comentarios

  1. Espero que Nia recuerde todo lo que le dijo, que deben estar juntos y que no se separarán.... ojalá recuerde su amor, porque Kaleb la ama....
    Besos gigantes!!!!
    XOXO

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  2. Me tiene atrapada que sera ella que recuerde todo por dios si lo ama de verdad por que siguen separados quiero masssssssssss

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  3. me tienes completamente atrapada en la historia, yo también quiero mas, mucho mas...
    besos y un gran abrazo, corazón

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