Disfraces - Juego de Poder I



“La decisión del primer beso es la más crucial en cualquier historia de amor, porque contiene dentro de sí la rendición”              
              Emil Ludwig 


Las fiestas no eran lo suyo, ya no, lo había dejado hace un año atrás, vivir en Los Ángeles rodeado de personas famosas donde se encontraba en cada rincón alcohol, drogas y sexo lo habían hastiado, sin embargo, accedió a ir a una de una fraternidad como acompañante de John, pero comenzaba a arrepentirse, quien se suponía que intentaría que no se aburriera estaba en el centro de la sala intentando acariciar el trasero de la Gatubela con la que bailaba. 

Con sueño, listo para irse, giró y alguien chocó contra su pecho y por instinto cerró los brazos sobre el cuerpo evitando que cayera, seguido de ello una queja femenina llegó a sus oídos. 

—¿Estás bien? —bajó la mirada encontrándose con una rubia que se frotaba la nariz con una mano mientras la otra sujetaba una cerveza. 

—Es probable que hubiese dolido menos si me hubiese golpeado contra la pared —ella levantó la cabeza encontrándose con una mirada castaña que era una mezcla de oro y verde claro. 

—Lo lamento, no te vi —dijo antes de aclararse la garganta. 

—Está muy claro que no tienes ojos en la espalda, pero acepto tus disculpas. ¿Puedes soltarme? —ella le dedicó una sonrisa cálida con aquellos labios llenos y sonrosados. Con renitencia la liberó. 

>>¿Disfrutas de la fiesta? —la pequeña rubia preguntó llevándose la botella a los labios, bebiendo de la cerveza, dejando escapar una gota del líquido sobre los labios. Intentó no mirarlo o prestarle atención, pero su mirada se fijó en cómo ella sacaba la lengua para tomarla. 

—No lo hacía, pero ahora sí —respondió notando su voz enronquecida por la escena frente a sus ojos. 

—¿Te ibas? —la mirada de ella atenta a él haciendo que ideas volaran muy rápido de cómo podía llevarlos lejos y permitir que la tensión que sentían entre ellos fuese resuelta. 

—Cambié de opinión —ella sonrió. 

—¿De qué trata tu disfraz? —la mirada castaña le recorrió de pies a cabeza. 

—Soy un profesor que podría ponerte sobre su regazo y darte un par de nalgadas —la vio sonreír mientras alisaba la falda a cuadros de su disfraz de colegiala. Él no había mentido completamente, podría ponerla sobre su regazo y propinarle un par de nalgadas, pero no usaban ningún disfraz. 

—Es muy malo que yo sea una niña buena —respondió mordiéndose el labio inferior. 

—Podemos cambiar eso —tendió la mano en saludo—. Soy Douglas —ella le sonrió abiertamente. 

—Sé quién eres, todo el campus lo sabe —ella tomó su mano—. Soy Holly. 

—¿Quieres bailar? —le vio beber todo el contenido de la botella antes de morderse el labio y pensarlo un instante para luego asentirle. 

La guió al centro de la pista y comenzaron a moverse al ritmo de la música, sus cuerpos rozándose por el poco espacio que los otros danzantes permitían, haciendo que la tensión aumentara entre ellos, encontrarse con su mirada, sus labios entre abiertos que le invitaban a probarlos con los suyos. 

Poco a poco comenzó a guiarla lejos de las otras personas, encerrándola entre la esquina y su pecho haciéndolos invisibles para el resto. De pronto el destino o alguna otra pareja cambió la música a lenta, tornando el entorno sensual, lo que él no dudó en aprovechar y sujetarle la mano, tirando de ella contra su pecho, rodeándole, apegándola a su cuerpo, en algún momento creyó que ella se enojaría, sin embargo, solo la vio sonreír y rodearle el cuello con los brazos, mirándolo a los ojos, encerrándolos en una burbuja. 

—¿Vas a besarme? —Holly preguntó sin apartar la mirada de sus ojos verdes, sintiendo su corazón latir acelerado sin importar que se tratase de un baile lento, su respiración más profunda y su piel cosquilleaba en los lugares que se encontraban con la suya. 

—Si lo pides amablemente lo haré, no puedo dañar mi reputación de profesor —ella rió y asintió. 

—¿Podrías, por favor, besarme? —Douglas sonrió. 

—Solo porque lo pides amablemente —él avanzó un paso y Holly lo retrocedió hasta que su espalda tocó la pared—. No huyas, no muerdo —le colocó el pulgar debajo de la barbilla obligándole a levantar la mirada, mientras él inclinaba su cabeza para poder besarla, instintivamente sus ojos se cerraron, sus labios tocaron los suyos— mucho —murmuró contra su boca antes de darle una pequeña mordida dura a su labio inferior. Cuando abrió la boca para quejarse él lo tomó como ventaja para besarla. 

Lo que creyó que se trataría de un beso suave y tímido entre dos personas que recién se conocen se transformó en un incendio para sus terminaciones nerviosas, él la besaba con dureza, sus dientes mordiéndole el labio inferior para luego chuparlo acrecentando el aguijón de dolor que se extendía por sus nervios convirtiéndose en placer, deslizándose a sus pechos que de pronto se sintieron sensibles contra el encaje que le acunaba. 

Douglas liberaba sus labios el tiempo suficiente para que tomara una pequeña bocanada de aire antes de volver a besarla, sus lenguas en un baile lento, sus labios acariciándose como si no fuese suficiente. 

—Necesito respirar —Holly pronunció en el instante que le permitió ese segundo para tomar la bocanada de aire—, por favor —dijo jadeante. Douglas sonrió. 

—Solo porque lo pides amablemente —respondió deslizando los besos por su cuello, probando la sal de su piel mientras ella hundía las uñas en sus hombros. 

—Búsquense otro lugar para follar o llamaré a los de la fraternidad para que los saquen —una voz femenina llegó a sus oídos. 

Sin voltear a mirar a la dueña de la voz, Douglas farfulló algo contra su piel y se enderezó, sujetándole la mano, tirando ella. 

—Despacio, se me acalambraron las piernas —Holly rió siguiéndolo medio cojeando, la guerra de besos no le permitió notar se había parado en la punta de los pies para estar más cerca de él. 

Douglas soltó una blasfemia entre dientes y giró, levantando a Holly sobre su hombro, llevándola a la salida como un cavernícola, en algún momento esperaba una queja de ella, pero solo escuchó su risa. 

—¿Tu lugar o el mío? —preguntó poniéndola sobre sus pies, sujetándole de los hombros hasta que la vio estable. 

—¿Puedes llevarme a mi apartamento para tener sexo salvaje? —Holly le sonrió— Por favor. 

—Por supuesto, gatita. 

Abrió la puerta de su coche arrepintiéndose de no haber llevado la moto, allí hubiese sentido su cuerpo apretándose contra el suyo. 

Le abrió la puerta del pasajero para luego ocupar el asiento del conductor, encontrándose con su mirada y una sonrisa en sus labios. Por primera vez en mucho tiempo estaba pensando en algo a largo plazo, la había besado, eso no sería suficiente, sabía que una sola noche no bastaría. 

Condujo siguiendo las instrucciones y se estacionó frente a un edificio celeste. Le siguió por las escaleras hasta llegar a la puerta de su apartamento, se suponía que ella abriría la puerta y ambos podrían ir a lo suyo, pero ella giró quedando frente a frente. 

Creyó que quería que la besara una vez más, se estaba acercando a besarla cuando ella abrió la puerta y desapareció en el interior, cerrándola prácticamente en su cara. 

—Fue una buena noche, gracias por traerme —le escuchó decir detrás de la puerta. 

—Holly —golpeó la puerta con los nudillos. 

—Gracias por los besos —volvió a golpear la puerta. 

—Holly —no obtuvo respuesta. 

Douglas comenzó a reír, lo habían dejado afuera y estaba excitado, la noche no había ido según lo planeado por segunda vez. Ella se haría responsable por ello. 

Pronto. 

*** 

El sonido de la licuadora en la cocina taladraba su cabeza, solo quería dormir un poco más para no sentirse tan mierda debido a la resaca. 

—Lara —gritó y eso provocó que el taladro en su cabeza se convirtiera en una bomba. 

—Ya despierta, son pasadas las 3 de la tarde, prometiste acompañarme al cine —su mejor amiga le respondió. 

Renitente se levantó y duchó permitiendo que el agua se llevara un poco de la resaca. Rodeada con la mullida toalla deslizó la mano por el espejo limpiando el vapor de este viendo su reflejo de maquillaje corrido, mala noche y un grande y bien marcado chupetón. 

—Santa mierda. 

Y de pronto una lluvia de recuerdos atravesó su mente, de hablar con un hombre, bailar con él, besarse, de él llevándola a casa, pero no aparecía lo más importante, su rostro o su nombre. 

*** 

—¿Estás lista para iniciar un nuevo semestre? —Lara le preguntó mientras bebía un sorbo de su café. 

—Sí, mamá, tan lista como la primera vez —respondió sonriéndole. 

Al entrar en el salón se sentó en el tercer asiento cercano a la puerta esperando que comenzara su sufrimiento por la historia de la fotografía. 

Luego de una interminable hora se levantó lista para irse cuando alguien le tomó de la muñeca, giró encontrándose con una mirada verde que le resultaba más familiar de lo ordinario, sabía que se trataba de Douglas caliente Roberts, pero era algo más, como si hubiese hablado con él. 

—¿Nos conocemos? —Holly preguntó y él sonrió mirando primero sus labios para después dirigir la mirada a su cuello donde el maquillaje no había cubierto por completo el chupetón. Él negó. 

—Lo haremos —sentenció saliendo del salón. 

Douglas subió a su motocicleta con una idea clara en su mente. Comenzaría a cazarla.

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Luego de tanto tiempo volvemos a ver a Douglas, este pequeño corto explica el primer encuentro entre ellos, y por qué en el libro la caza con rapidez o su presa podía huir, otra vez.   

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4 comentarios

  1. Me ha gustado mucho. Esperando saber más de Holly y Douglas. Saludos, Isa

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  2. Ohhh entonces así se conocieron.... es bueno saber que Holly, aunque lo sedujo, lo rechazó a la primera, jajajaja creo que eso hizo que fuera interesante para él 😁😉
    Besos gigantes!!!!
    XOXO

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  3. Maravilloso como siempre!!!!, saludos

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  4. Para cuando más de Holly y Douglas... Deseando leer más.. Saludos, Isa

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